Por Nancy Cardozo
“Nos vemos a la vuelta”.
Jorge Bergoglio se despidió
así del sacerdote Jorge Russo, entonces rector de la Catedral Metropolitana, el
26 de febrero de 2013. Viajaba a Roma para el cónclave que debía elegir al
sucesor de Benedicto XVI y calculaba estar nuevamente en Buenos Aires para
Semana Santa.
No volvió.
El 13 de marzo fue elegido
Papa. Murió en el Vaticano el 21 de abril de 2025, doce años después,
sin haber regresado a pisar la Argentina.
La ausencia terminó
convirtiéndose en una de las grandes paradojas de su pontificado. Francisco
viajó a lugares tan diferentes como Irak, Mongolia, Emiratos Árabes, Japón,
Cuba o República Centroafricana. Recorrió buena parte de América Latina. Estuvo
en Brasil, Bolivia, Paraguay, Chile y Perú.
Nunca cruzó nuevamente la
frontera de su propio país.
¿Por qué?
No existe una respuesta
única y quizá esa falta de respuesta sea
el mejor punto para empezar a comprender la relación entre Francisco y la
Argentina.
Un Papa
demasiado argentino
La noticia de 2013 produjo
algo que excedió largamente al catolicismo.
Por primera vez un argentino
se convertía en Papa. También era el primer latinoamericano y el primer jesuita
en ocupar el cargo.
En cuestión de horas, Jorge
Bergoglio dejó de ser solamente el arzobispo de Buenos Aires para convertirse
en una figura de identificación nacional.
Martín Caparrós captó aquel
fenómeno casi inmediatamente. En “El cuento del buen papa”, publicado
originalmente en El País el 18 de marzo de 2013, escribió con su
habitual ironía que el Habemus papam se había convertido rápidamente en
una expresión argentina:
“Tenemos papa —nosotros, los argentinos,
tenemos papa”.
Caparrós estaba cuestionando
lo que consideraba una apropiación nacionalista y acrítica de Bergoglio. Su
posición sobre Francisco y sobre la Iglesia fue siempre abiertamente crítica.
Pero debajo de la provocación señalaba un fenómeno real: el jefe de una
Iglesia universal fue recibido en su país como un triunfo argentino.
Era inevitable que después
apareciera la política.
Antes de
Francisco estuvo Bergoglio
Bergoglio no llegó al
Vaticano políticamente virgen.
Había sido arzobispo de
Buenos Aires desde 1998 y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina
entre 2005 y 2011. Durante esos años intervino frecuentemente en discusiones
públicas sobre pobreza, desigualdad, corrupción, familia y políticas sociales.
Su relación con Néstor
Kirchner y posteriormente con Cristina Fernández de Kirchner fue especialmente
conflictiva.
Las diferencias incluyeron
las cifras de pobreza, el conflicto agrario de 2008, el clima político y, de
manera particularmente intensa, la aprobación del matrimonio entre personas del
mismo sexo en 2010. Néstor Kirchner llegó a describir a Bergoglio como el “jefe
espiritual de la oposición”, según reconstrucciones periodísticas de aquel
período.
Eso explica parte de lo que
sucedió después.
El hombre que en Buenos
Aires había sido leído como un actor de la política doméstica se convirtió
repentinamente en jefe de la Iglesia mundial.
Pero la política argentina
siguió leyéndolo como si nunca se hubiese ido.
La foto con
el Papa
Los sociólogos Fortunato
Mallimaci y Juan Cruz Esquivel detectaron muy temprano ese fenómeno.
En su investigación sobre
religión y política después de la elección de Francisco sostienen que el
acontecimiento reactivó una antigua práctica argentina: recurrir a
instituciones y figuras religiosas buscando “transferir legitimidades hacia
la arena de la disputa política”.
La fotografía con Francisco
empezó a adquirir valor político.
Cristina Fernández, con
quien Bergoglio había mantenido duros enfrentamientos como arzobispo,
desarrolló después de 2013 una relación considerablemente más cercana con el
pontífice.
Mauricio Macri fue recibido
en 2016 en una audiencia cuyos gestos, duración y fotografías fueron analizados
casi como si fueran indicadores diplomáticos.
Alberto Fernández también
buscó el vínculo con Roma, aunque existieron diferencias claras sobre la
legalización del aborto.
Y Javier Milei pasó de
utilizar expresiones extremadamente ofensivas contra Francisco antes de ser
presidente a reunirse con él durante aproximadamente una hora en febrero de
2024 y describir posteriormente la relación en términos positivos.
Cambian los gobiernos.
Se mantiene el ritual.
Un viaje a Roma, una
audiencia, una fotografía y después la interpretación argentina de cada gesto:
cuánto duró la reunión, si Francisco sonrió, qué regalo recibió, quién estuvo
sentado dónde. El Papa se había convertido también en un significante
político local.
Y eso complicaba cualquier
regreso.
¿Peronista?
Otra etiqueta acompañó a
Francisco durante prácticamente todo su pontificado: la de “Papa peronista” y Bergoglio
la rechazó.
En El Pastor, el
libro construido a partir de conversaciones con Sergio Rubin y Francesca
Ambrogetti, negó haber sido afiliado, militante o simpatizante del Partido
Justicialista y atribuyó esa identificación, entre otras razones, a sus
posiciones sobre justicia social. Eso no impidió que distintos investigadores
buscaran vínculos entre su pensamiento y tradiciones políticas argentinas.
El historiador Loris
Zanatta, uno de sus críticos académicos más persistentes, interpreta a
Bergoglio dentro de una tradición católica argentina que concibe al “pueblo”
como una comunidad orgánica y desconfía de algunas dimensiones del liberalismo
político. Esa interpretación ha sido discutida por otros especialistas y no
constituye un consenso historiográfico.
Por su parte Mallimaci
propone otra lectura: antes que identificar automáticamente a Francisco con una
fuerza partidaria, subraya que se trató de un Papa profundamente político,
formado en una tradición católica argentina acostumbrada a intervenir en los
grandes conflictos sociales y nacionales.
La diferencia no es menor.
Ser político no significa
necesariamente ser partidario.
Una
relación Iglesia-Estado que viene de mucho antes
Francisco tampoco apareció
sobre un terreno neutral.
La relación entre política y
catolicismo tiene raíces profundas en Argentina, incluso lo plasma el artículo
2 de la Constitución sigue estableciendo que: “El Gobierno federal sostiene
el culto católico apostólico romano”. La reforma del 94’ eliminó, en
cambio, el antiguo requisito confesional para ser presidente de la Nación.
Desde 1966 existe además un
acuerdo entre la República Argentina y la Santa Sede que reconoce autonomía
institucional a la Iglesia Católica y regula aspectos de su relación con el
Estado.
El historiador Roberto Di
Stefano utiliza la expresión “excepción argentina” para analizar
esta historia: Argentina desarrolló un proceso de modernización y
secularización sin producir una separación formal entre Iglesia Católica y
Estado como ocurrió en otros países latinoamericanos.
Por eso, cuando un argentino
se convirtió en Papa, el acontecimiento encontró una cultura política donde
religión y Estado ya habían aprendido durante casi dos siglos a convivir,
negociar y disputar espacios.
Francisco multiplicó esa
tensión. No la inventó.
El viaje
que nunca ocurrió
En marzo de 2021 contó que
se había trabajado sobre un viaje a Argentina, Chile y Uruguay para
noviembre de 2017. El calendario electoral chileno obligó a modificar las
fechas; viajar en enero a Argentina y Uruguay resultaba inconveniente por el
verano austral y finalmente el itinerario se transformó en Chile y Perú.
Ante las especulaciones
sobre su ausencia, Francisco pidió que no se construyeran fantasías de “patriafobia”
y recordó, con ironía, que había vivido 76 años en Argentina. No obstante,
aquella explicación sólo resuelve 2017, no explica los ocho años siguientes. La
hipótesis más persistente es otra: la polarización política argentina.
Biógrafos, antiguos
colaboradores y personas cercanas a Francisco señalaron que un viaje podía
convertirse inmediatamente en material de apropiación partidaria. Reuters
recogió después de su muerte esa interpretación: la posibilidad de que sectores
políticos rivales intentaran utilizar su presencia habría sido uno de los
factores que dificultaron el regreso.
No puede presentarse como
una certeza absoluta y Francisco nunca dijo: no regreso porque Argentina
está políticamente polarizada.
Además intervinieron agendas
internacionales, la pandemia, la edad y, durante sus últimos años, problemas de
salud.
En 2023 todavía decía que
quería viajar. No ocurrió.
El país del
Papa se hizo menos católico
Hay otro dato que permite
tomar distancia de la enorme dimensión simbólica que tuvo Francisco.
Tener un Papa argentino no
detuvo la transformación religiosa de la sociedad argentina.
Durante
los años del pontificado de Francisco, la sociedad argentina continuó
alejándose de un mapa religioso dominado casi exclusivamente por el
catolicismo. Crecieron otras pertenencias, especialmente las iglesias
evangélicas, y también quienes dejaron de identificarse con alguna religión.
La
tendencia no comenzó con Bergoglio ni puede atribuirse a su pontificado. Forma
parte de un proceso más largo de pluralización
religiosa, pérdida de centralidad institucional de la Iglesia Católica y formas
de creer cada vez más autónomas respecto de las instituciones.
La
paradoja resulta significativa: mientras un argentino alcanzaba la máxima
autoridad de la Iglesia Católica y adquiría una visibilidad mundial inédita, su
propio país se volvía religiosamente más diverso.
Tener
un Papa argentino no volvió más católica a la Argentina. Aunque, permiten afirmar algo
importante: el enorme prestigio internacional de un Papa argentino no se
tradujo automáticamente en una recatolización de su país.
El último
regreso también fue imposible
Francisco murió el 21 de
abril de 2025 y Argentina declaró siete días de duelo nacional. Hubo
misas, homenajes, discusiones sobre su legado y, nuevamente, apropiaciones
contrapuestas de su figura.
Un año y medio después, sin
embargo, la Constitución sigue conservando su artículo 2, la sociedad continúa
diversificando sus creencias y la pregunta sobre la relación entre religión y
política permanece abierta.
Quizá ese sea uno de los
legados argentinos más interesantes de Francisco. El primer Papa nacido en el
país fue al mismo tiempo profundamente argentino e imposible de reducir a la
Argentina.
La política intentó leerlo
como peronista, antiperonista, kirchnerista, opositor, progresista,
conservador, aliado o adversario según el momento y el observador. A lo que Francisco
escapó de esas calificaciones repetidamente, aunque tampoco permaneció fuera de
la política.
Y nunca volvió.
El 8 de noviembre de 2026,
cuando León XIV pise Buenos Aires, hará algo que su antecesor argentino no pudo
o no quiso hacer durante doce años: cruzar nuevamente esa frontera.
Tal vez por eso su llegada
tendrá una presencia invisible.
La del hombre que salió de
Buenos Aires diciendo “nos vemos a la vuelta” y terminó convirtiendo esa
vuelta en una de las grandes ausencias de su pontificado.
Argentina tuvo un Papa.
Lo que nunca tuvo fue su
regreso.


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