Por Nancy Cardozo
Cuatro hombres. Cuatro
países de origen. Casi medio siglo de historia.
Karol Wojtyła fue elegido
Papa en 1978. Joseph Ratzinger lo sucedió en 2005. Jorge Bergoglio llegó desde
Buenos Aires en 2013. Robert Francis Prevost fue elegido en mayo de 2025.
Sería sencillo distribuirlos
sobre un tablero político: conservadores de un lado, progresistas del otro.
También sería demasiado
simple.
La Iglesia Católica no
comienza nuevamente cada vez que cambia el hombre vestido de blanco. Hay
doctrinas que permanecen, estructuras que se transforman lentamente y
prioridades que adquieren mayor o menor intensidad de acuerdo con el contexto
histórico.
Más que preguntar cuál de
estos papas estuvo a la derecha o a la izquierda, quizás resulte más revelador
preguntarse:
¿qué problema de su tiempo
decidió colocar cada uno en primer plano?
Juan Pablo
II: la persona frente al sistema
Karol Wojtyła llegó al
Vaticano desde Polonia en octubre de 1978.
Había vivido dos regímenes
totalitarios: primero la ocupación nazi y luego el comunismo instalado en su
país bajo la órbita soviética.
La experiencia no explica
por sí sola sus casi 27 años de pontificado, pero ayuda a comprender una
preocupación recurrente: qué ocurre con la dignidad y la libertad de la
persona cuando un sistema político o económico pretende colocarla a su servicio.
Su elección ocurrió en plena
Guerra Fría. Su regreso a Polonia en 1979 se convirtió en un acontecimiento
político y social de enorme dimensión y su figura quedó asociada al proceso de
resistencia encabezado por Solidaridad y al posterior debilitamiento del
régimen comunista.
Eso no significa que Juan
Pablo II haya derribado por sí solo al bloque soviético. La caída del comunismo
europeo respondió a procesos políticos, económicos y sociales mucho más
complejos.
Tampoco su anticomunismo
permite ubicarlo automáticamente como defensor de un capitalismo sin
restricciones.
En Centesimus Annus (El
centésimo año) publicada
en 1991, después de la caída del Muro de Berlín, reconoció la iniciativa
privada, el mercado y la propiedad, pero advirtió contra una “ideología
radical de tipo capitalista” que confiara exclusivamente en las fuerzas del
mercado. Señaló que existen necesidades humanas que no pueden resolverse
simplemente mediante compra y venta y alertó sobre una posible “idolatría” del
mercado.
Doce años antes, en su
primera encíclica, Redemptor Hominis (El Redentor del hombre) Wojtyła
había escrito una frase que adquiere otro significado leída desde 2026:
“la prioridad de la ética
sobre la técnica” y “el primado de la persona sobre las cosas”.
Era 1979. No existían las
redes sociales, los teléfonos inteligentes ni la inteligencia artificial
generativa. Pero ya aparecía una pregunta que volverá, con otro lenguaje, casi
medio siglo después: qué sucede cuando aquello que el ser humano crea
comienza a condicionarlo.
Benedicto
XVI: verdad, razón y continuidad
Cuando Joseph Ratzinger fue
elegido en 2005, el Muro de Berlín llevaba dieciséis años caído.
El escenario era otro.
Los atentados del 11 de
septiembre de 2001 habían convertido al terrorismo internacional en una
preocupación central; Estados Unidos intervenía militarmente en Afganistán e
Irak; Europa discutía su identidad y las sociedades occidentales atravesaban
procesos crecientes de secularización.
Ratzinger tampoco llegaba
como un extraño respecto de Juan Pablo II. Durante más de veinte años había
dirigido la Congregación para la Doctrina de la Fe y había sido uno de los
principales colaboradores intelectuales del pontífice polaco.
La continuidad era evidente.
El acento, sin embargo,
cambió.
Si Wojtyła había puesto
especial énfasis en la libertad frente a los sistemas totalitarios, Ratzinger
colocó en primer plano la relación entre verdad, razón y libertad.
Poco antes de ser elegido
había advertido contra lo que denominó una “dictadura del relativismo”: una
sociedad en la que ninguna verdad pudiera considerarse estable y donde el
individuo acabara convirtiendo sus propios deseos en medida última.
Pero probablemente el
concepto que mejor explica su manera de pensar los cambios dentro de la Iglesia
apareció en diciembre de 2005.
Benedicto XVI contrapuso una
“hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura” con una “hermenéutica
de la reforma”. La Iglesia, sostenía, puede renovarse y modificar
determinadas formas históricas sin considerar que todo lo anterior haya quedado
invalidado. Los principios pueden permanecer mientras cambian sus formas de
aplicación.
No estaba diciendo que nada
pudiera cambiar.
Estaba definiendo cómo
debía cambiar.
Las etiquetas vuelven a
quedarse cortas cuando se mira su pensamiento económico.
En 2009, en medio de las
consecuencias de la gran crisis financiera mundial, publicó Caritas in
Veritate (La caridad en la verdad) Allí sostuvo que la economía no podía
considerarse un territorio moralmente neutro:
“Toda decisión económica
tiene consecuencias de carácter moral”.
También cuestionó que
creación de riqueza y justicia pudieran funcionar como compartimentos separados
y sostuvo que la lógica del beneficio no podía convertirse en el único criterio
de la actividad económica.
El Papa considerado
conservador en asuntos doctrinales podía ser, al mismo tiempo, crítico de una
economía desprovista de límites éticos.
Francisco:
cambiar el lugar desde donde se mira
Con Jorge Bergoglio cambió
algo más que el nombre del Papa.
En 2013, por primera vez un
latinoamericano ocupó la silla de Pedro.
Francisco no abandonó la
doctrina social de sus antecesores. Cambió el lugar desde donde la
observaba.
Su punto de partida fue una
Iglesia formada en América Latina, una región atravesada por desigualdad,
pobreza y exclusión.
En Evangelii Gaudium (La
alegría del Evangelio) instaló la expresión “cultura del descarte” para
describir un sistema en el que ciertas personas ya no son solamente explotadas
sino expulsadas: dejan de estar en los márgenes para transformarse, escribió,
en “sobrantes”.
En Laudato Si' (Alabado
seas) amplió esa mirada al vincular ambiente, pobreza, producción, consumo y
desigualdad mediante una idea sencilla: “todo está conectado”. La crisis
ecológica dejaba así de ser solamente un problema de naturaleza para
convertirse también en una cuestión económica y social.
Y hacia el interior de la
Iglesia colocó otra palabra en el centro: sinodalidad. En 2015 habló de
“caminar juntos” —laicos, pastores y obispo de Roma— como el camino de la
Iglesia del tercer milenio.
El historiador de la Iglesia
Massimo Faggioli interpreta buena parte de las reformas de Francisco
como una recuperación de dimensiones de la eclesiología del Concilio Vaticano
II, y no simplemente como una reorganización administrativa del Vaticano.
En términos muy sintéticos,
su línea puede reconocerse en tres movimientos: periferias, justicia
socioambiental y una Iglesia más orientada a la escucha y menos centrada sobre
sí misma.
No significó una ruptura
general de la doctrina. Francisco mantuvo posiciones tradicionales de la
Iglesia en cuestiones como aborto, ordenación sacerdotal de mujeres y
concepción sacramental del matrimonio. En numerosos ámbitos, las
transformaciones fueron pastorales, institucionales y de prioridades antes que
doctrinales.
Bergoglio y las
contradicciones de sus doce años de pontificado merecen, de todos modos, una
historia propia.
León XIV:
una nueva revolución industrial
Robert Francis Prevost fue
elegido el 8 de mayo de 2025.
Desde los primeros días dejó
dos señales.
Una fue de continuidad. Ante
el Colegio Cardenalicio habló de misión, sinodalidad, atención a los excluidos
y diálogo con el mundo contemporáneo, y afirmó sentirse llamado a “continuar
por este mismo camino”.
La segunda señal estaba en
el nombre elegido.
León XIV recuperaba
deliberadamente a León XIII, autor de Rerum Novarum (Sobre las nuevas
realidades) la encíclica de 1891 que respondió a las transformaciones sociales
producidas por la primera gran revolución industrial.
Prevost hizo él mismo el
paralelismo: la humanidad atraviesa ahora otra revolución industrial,
vinculada al desarrollo de la inteligencia artificial, que plantea nuevos
desafíos para la dignidad, la justicia y el trabajo.
En mayo de 2026 esa
preocupación quedó desarrollada en Magnifica Humanitas (Magnífica
humanidad) dedicada a la persona humana en tiempos de inteligencia artificial.
Su línea comienza a
definirse alrededor de una pregunta: cómo preservar responsabilidad,
libertad y decisión humanas frente a tecnologías capaces de intervenir sobre
trabajo, información, derechos y formas de ejercer poder.
León XIV advierte que los
sistemas de IA pueden superar a las personas en velocidad y capacidad de
cálculo, pero no poseen experiencia vital, conciencia moral ni responsabilidad
sobre las consecuencias de sus actos. Por eso insiste en que sea la inteligencia
humana, con su conciencia y su libertad, la que establezca los usos y límites
de esas tecnologías.
No es una ruptura con
Francisco.
Tampoco una repetición.
Es la búsqueda de una
respuesta propia frente a un problema que adquirió una escala nueva.
Lo que
cambia y lo que permanece
Intentar ordenar estos
cuatro pontificados simplemente de derecha a izquierda termina ocultando más de
lo que explica.
Juan Pablo II puso el
énfasis en libertad y dignidad frente al totalitarismo y cuestionó tanto al
comunismo como la absolutización del mercado.
Benedicto XVI convirtió la
relación entre verdad, razón y libertad en una de sus principales
preocupaciones y defendió una reforma dentro de la continuidad.
Francisco desplazó el punto
de observación hacia los excluidos, las periferias, la crisis ambiental y una
mayor participación en la vida de la Iglesia.
León XIV comienza a colocar
la inteligencia artificial, el trabajo y la concentración tecnológica entre las
grandes preguntas sociales de su tiempo.
Las diferencias son reales.
También lo son las
continuidades.
Francisco retomó críticas
económicas presentes en Juan Pablo II y Benedicto XVI. León XIV reivindica
explícitamente la sinodalidad desarrollada bajo Francisco. Y la preocupación de
Prevost por mantener la tecnología subordinada a la persona ya aparecía, con
palabras extraordinariamente semejantes, en Wojtyła en 1979.
No son cuatro Iglesias
distintas. Son cuatro maneras de decidir dónde poner el foco dentro de una
misma tradición.
Cuatro
papas, una pregunta
Wojtyła miró un mundo donde
el Estado podía intentar dominar al individuo.
Ratzinger se preguntó qué
ocurría cuando las sociedades dejaban de compartir una idea común de verdad.
Bergoglio dirigió la mirada
hacia quienes quedaban fuera del sistema.
Prevost encuentra ahora
algoritmos, automatización y actores tecnológicos capaces de acumular
información y capacidad de decisión a una escala desconocida.
Los escenarios son
diferentes.
Sin embargo, una pregunta
parece atravesar los cuatro pontificados:
¿qué ocurre con la persona
cuando aquello que creó —el Estado, el mercado, la técnica o el algoritmo—
termina adquiriendo más poder que ella?
De Wojtyła a Prevost
cambiaron el mundo, el lenguaje y las urgencias.
La disputa sobre quién debe
permanecer en el centro parece seguir siendo la misma.

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