Por Nancy Cardozo
Con la licencia tanguera de Volver,
aunque con una distancia casi dos veces mayor a la letra de Gardel y Le Pera, es la imagen que separa la
última visita de Juan Pablo II, en abril de 1987, de la llegada de León XIV a
la Argentina. Para una Iglesia que cuenta su historia en milenios, cuatro
décadas pueden parecer un intervalo breve. Para un país, alcanzan para cambiar
casi todo.
Juan Pablo II dejó la
Argentina el 12 de abril de 1987. León XIV aterrizará en Aeroparque el próximo
8 de noviembre. Entre esas dos fechas hubo cuatro pontificados, crisis
económicas y políticas, Transformaciones culturales nuevas leyes civiles, una
sociedad religiosamente más diversa y un hecho impensado entonces: un argentino
convertido en Papa.
1987: una
democracia todavía frágil
Juan Pablo II llegó a Buenos
Aires el 6 de abril de 1987. Era su segunda visita al país. La primera había
ocurrido en junio de 1982, en plena Guerra de Malvinas.
Cinco años después encontró
otra Argentina. Raúl Alfonsín gobernaba desde diciembre de 1983 y la democracia
recuperada tenía poco más de tres años. Ya había ocurrido el Juicio a las
Juntas, pero la subordinación definitiva de las Fuerzas Armadas al poder civil
todavía estaba lejos de ser un asunto resuelto.
El propio Juan Pablo II
marcó otra diferencia con respecto a su primer viaje. En 1982 había llegado
como mensajero de paz durante la guerra; en 1987 regresaba después del acuerdo
que había evitado el conflicto armado entre Argentina y Chile por el canal de
Beagle. En su discurso de bienvenida recordó aquella mediación y celebró la paz
alcanzada entre ambos países.
Durante seis días recorrió
Buenos Aires, Bahía Blanca, Viedma, Mendoza, Córdoba, Tucumán, Salta,
Corrientes, Paraná y Rosario. La agenda combinó encuentros religiosos con
discursos dirigidos a trabajadores, empresarios, jóvenes, representantes de la
cultura y autoridades políticas.
La imagen de estabilidad,
sin embargo, duró poco.
Apenas cuatro días después
de su partida comenzó el levantamiento carapintada de Semana Santa, encabezado
por sectores militares que resistían el avance de las investigaciones por los
crímenes de la dictadura. Miles de personas salieron a las calles en defensa de
la democracia. El episodio expuso hasta qué punto el orden constitucional
continuaba siendo vulnerable.
Pero la Argentina de 1987 no
sólo discutía el poder militar. También comenzaba a revisar normas y valores
sobre los que la Iglesia Católica había ejercido históricamente una influencia
considerable.
En junio de ese año, apenas
dos meses después de la visita papal, el Congreso sancionó la Ley 23.515, que
incorporó el divorcio vincular.
No existe una relación
causal entre ambos acontecimientos. La proximidad sirve, en cambio, como
fotografía de una sociedad en transformación: mientras la Iglesia defendía
públicamente la indisolubilidad del matrimonio, el Estado avanzaba en una
legislación civil que se apartaba de esa doctrina.
Aquella discusión no terminó
con el divorcio.
En las décadas siguientes
Argentina aprobó el matrimonio igualitario en 2010, la Ley de Identidad de
Género en 2012 y la interrupción voluntaria del embarazo en 2020. Las tres
transformaciones abrieron debates en los que la Iglesia Católica tuvo una participación
activa y mostraron una creciente autonomía de la legislación civil respecto de
su doctrina.
También cambió el mapa
religioso.
La Segunda Encuesta Nacional
sobre Creencias y Actitudes Religiosas, realizada por investigadores del
CEIL-CONICET, mostró que quienes se identificaban como católicos habían pasado
del 76,5% en 2008 al 62,9% en 2019. En el mismo período, las personas
sin filiación religiosa crecieron del 11,3% al 18,9% y los evangélicos del 9%
al 15,3%.
Una investigación más
reciente de Pew Research Center confirma la tendencia. Según datos
recogidos en 2024 y publicados en enero de 2026, el 58% de los adultos
argentinos se identifica como católico, frente al 71% registrado una década
antes. Las personas sin afiliación religiosa representan ya el 24%.
Los números no describen
necesariamente una Argentina que dejó de creer. Hablan de algo más complejo: el
catolicismo sigue siendo la principal identidad religiosa del país, pero ya no
ocupa el lugar prácticamente indiscutido que tuvo durante buena parte del siglo
XX.
El Papa que llegará en una
semana deberá hablarle también a esa Argentina.
En el
medio, Francisco
Hay una ausencia que vuelve
singular la visita de León XIV.
Jorge Mario Bergoglio salió
de Buenos Aires como cardenal y en marzo de 2013 se convirtió en Francisco, el
primer Papa latinoamericano y el primer argentino en ocupar la silla de Pedro. Durante
sus doce años de pontificado realizó más de 45 viajes internacionales. Nunca
regresó a la Argentina.
Las explicaciones fueron
múltiples. Personas de su entorno y biógrafos señalaron, entre otros factores,
el temor de Francisco a que una visita fuera absorbida por la polarización
política y utilizada por las distintas facciones de la disputa interna. El propio
Bergoglio manifestó en diferentes oportunidades su deseo de regresar, pero el
viaje nunca ocurrió.
La paradoja quedó instalada:
Argentina tuvo un Papa antes de volver a recibir a un Papa.
Las razones y consecuencias
de aquella ausencia merecen una historia propia. Para entender la llegada de
León XIV alcanza, por ahora, con registrar el vacío que dejó.
El regreso
El programa oficial
establece que León XIV llegará desde Uruguay a Aeroparque a las 16.30 del
domingo 8 de noviembre. Visitará el monumento a San Martín, será recibido
en Casa Rosada y mantendrá un encuentro con autoridades, representantes de la
sociedad civil y el cuerpo diplomático.
Al día siguiente visitará el
Pequeño Cottolengo Don Orione de Claypole, celebrará una misa y participará de
encuentros con el mundo del trabajo, representantes de distintas tradiciones
religiosas y el Episcopado argentino.
El 10 viajará a Córdoba y
regresará por la tarde a Buenos Aires para una vigilia con jóvenes. El 11
visitará un complejo penitenciario federal y luego celebrará una misa en Luján
antes de partir hacia Perú.
Algunas imágenes podrán
recordar a 1987: un Papa frente a las autoridades, multitudes, jóvenes,
trabajadores y celebraciones religiosas.
Lo diferente estará
alrededor.
León XIV no encontrará la
democracia recién recuperada que recibió a Juan Pablo II ni una sociedad donde
pertenencia cultural, identidad nacional y catolicismo se superponían con la
misma intensidad.
Llegará después de 39 años
de transformaciones y después de Francisco, a una Argentina donde la Iglesia
conserva peso histórico, político y cultural, no obstante comparte el espacio
público con nuevas religiosidades, otras convicciones y una población cada vez
mayor que no reconoce pertenencia religiosa.
Quizás allí Volver
encuentre un sentido inesperado.
Treinta y nueve años pueden
no ser nada para la historia del Vaticano. Para la Argentina fueron suficientes
para que el mismo viaje conduzca a otro país.



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