Por Nancy Cardozo
Cuarenta y cuatro hectáreas,
eso es todo. El Estado de la Ciudad del Vaticano ocupa 0,44 kilómetros
cuadrados dentro de Roma. Según las estadísticas oficiales actualizadas al
31 de diciembre de 2024, allí viven 882 personas. Sólo 673 poseen
ciudadanía vaticana y una parte de ellas reside fuera del territorio por
razones de servicio, particularmente diplomático.
Si el poder de un país se
midiera únicamente por territorio y población, el Vaticano sería apenas una
curiosidad cartográfica.
No lo es. Dentro de esas 44
hectáreas funciona un Estado con leyes, tribunales, policía, administración
pública, servicios sanitarios, infraestructura, moneda, sellos y patrimonio.
Pero, paradójicamente, su verdadero alcance comienza donde terminan sus
fronteras.
Para entenderlo hay que
hacer primero una distinción que suele perderse cuando hablamos, genéricamente,
de “el Vaticano”.
El Vaticano
y la Santa Sede no son lo mismo
El Estado de la Ciudad del
Vaticano es el territorio.
La Santa Sede es otra cosa:
es la autoridad central encabezada por el Papa y las instituciones que lo
asisten en el gobierno de la Iglesia Católica.
Ambos están estrechamente
vinculados, pero jurídicamente no son lo mismo. La propia documentación oficial
vaticana reconoce al Estado como una entidad soberana de derecho internacional distinta
de la Santa Sede.
Esta diferencia, que puede
parecer burocrática, explica buena parte de su poder.
Es la Santa Sede la
que establece relaciones diplomáticas, firma acuerdos internacionales, envía
nuncios y recibe embajadores.
El jurista Cedric Ryngaert,
profesor de Derecho Internacional en la Universidad de Utrecht, sostiene que la
Santa Sede no debe ser considerada simplemente otro Estado. La caracteriza como
una persona jurídica internacional “sui generis” no estatal, dotada, sin
embargo, de derechos internacionales extraordinariamente amplios: participa en
organizaciones internacionales, celebra tratados y envía y recibe
representantes diplomáticos.
La historia ofrece una
demostración contundente: la Santa Sede mantuvo actividad internacional incluso
durante las décadas en las que el actual Estado Vaticano todavía no existía.
El territorio garantiza la
independencia. La Santa Sede proyecta el poder.
Un país
creado para resolver un conflicto
Durante siglos los papas
gobernaron territorios mucho mayores: los Estados Pontificios.
La situación cambió con la
unificación italiana. En 1870 Roma fue incorporada al Reino de Italia y el Papa
perdió su soberanía territorial.
Comenzó entonces la
denominada Cuestión Romana: durante casi seis décadas quedó pendiente la
relación entre Italia y el papado.
El conflicto terminó el 11
de febrero de 1929 mediante los Pactos de Letrán. La Santa Sede e Italia
acordaron crear un nuevo Estado soberano cuya finalidad sería garantizar al
pontífice una independencia territorial que evitara su subordinación a
cualquier otro gobierno.
Así nació la Ciudad del
Vaticano y la firma tuvo un protagonista incómodo para cualquier reconstrucción
histórica: por el gobierno italiano participó Benito Mussolini.
Y el acuerdo no fue
solamente territorial ya que incluyó una convención financiera por las pérdidas
sufridas por la Santa Sede después de 1870. Italia se comprometió a entregar 750
millones de liras en efectivo y títulos del Estado italiano por un valor
nominal de 1.000 millones de liras.
El Vaticano contemporáneo,
por lo tanto, nació de un acuerdo que combinó religión, soberanía, política y
dinero.
Una
monarquía absoluta en medio de Europa
Otra característica suele
pasar inadvertida es que El Vaticano no es una democracia. En Su sitio oficial
define su forma de gobierno como una monarquía absoluta.
El Papa es el soberano y
posee, formalmente, los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. La
administración cotidiana se distribuye entre organismos específicos, pero todos
ejercen sus funciones en nombre o por delegación del pontífice.
No existen elecciones
generales, partidos políticos ni un Parlamento surgido del voto ciudadano. La
Gobernación administra cuestiones que en cualquier otro Estado formarían parte
de varios ministerios: seguridad, orden público, protección civil, salud, medio
ambiente, infraestructura, actividades económicas, correos, aduanas y
conservación del patrimonio de los Museos Vaticanos.
La contradicción resulta
evidente.
Uno de los actores
internacionales más presentes en los debates sobre paz, pobreza, derechos
humanos o relaciones entre Estados está encabezado internamente por una
estructura política muy distinta de las democracias liberales con las que
mantiene relaciones.
184 países
para un Estado de 44 hectáreas
Aquí las proporciones
vuelven a quebrarse.
A comienzos de 2026, 184
Estados mantenían relaciones diplomáticas con la Santa Sede. A ellos se suman
la Unión Europea y la Soberana Orden Militar de Malta. Además, 93 embajadas
acreditadas ante la Santa Sede tienen su sede en Roma.
En Naciones Unidas, la Santa
Sede posee desde 1964 el estatus de “Estado observador” permanente no miembro.
Actualmente es uno de los dos Estados con esa condición, junto con Palestina. No
tiene el voto de un miembro pleno de la Asamblea General, pero puede participar
en buena parte de sus trabajos y debates.
El politólogo Jodok Troy,
especialista en diplomacia y religión en las relaciones internacionales,
escribió en 2025 que la relevancia vaticana se explica por una:
“combinación única de autoridad moral,
identidad religiosa e infraestructura diplomática”.
Troy sostiene que, aun
careciendo del poder militar tradicional de los grandes Estados, el Vaticano
mantiene capacidad de influencia mediante neutralidad, diplomacia y una red
mundial de representación.
Argentina conoce bien lo que
eso puede significar. A fines de 1978, cuando Argentina y Chile estuvieron al
borde de una guerra por el conflicto del Beagle, la intervención de Juan
Pablo II y la mediación de la Santa Sede contribuyeron a abrir un
proceso que culminó en el Tratado de Paz y Amistad firmado en 1984.
No hubo divisiones militares
vaticanas. Hubo diplomacia.
El poder de
no tener ejército
Para comprender esta
particular forma de influencia sirve otro autor.
El politólogo estadounidense
Joseph Nye, profesor de Harvard y creador del concepto de soft
power, distinguía entre el poder ejercido mediante coerción o pago y aquel
basado en la atracción y la persuasión.
Lo definió así:
“El poder blando es la capacidad de influir en
otros mediante la atracción, en lugar de la coerción o el pago”.
—Joseph S. Nye, traducción propia.
La Santa Sede constituye un
caso particularmente interesante para aplicar esa idea.
No posee una economía capaz
de sancionar países ni Fuerzas Armadas capaces de modificar militarmente una
frontera. La Guardia Suiza protege al pontífice y la Gendarmería cumple
funciones policiales, pero ninguna de las dos constituye un instrumento militar
comparable con el de un Estado convencional.
Su capital es otro: acceso
diplomático, permanencia histórica, redes internacionales, legitimidad para
determinados interlocutores y la capacidad del Papa de convertir una posición
en noticia mundial prácticamente en cuestión de minutos.
Ese poder no es ilimitado ni
garantiza que otros gobiernos hagan lo que Roma desea. Pero tampoco puede
medirse en kilómetros cuadrados.
¿Cuánto
dinero tiene realmente el Vaticano?
Con la economía ocurre algo
parecido.
Buscar una cifra que
responda a la pregunta “¿cuánto vale el Vaticano?” conduce rápidamente a
simplificaciones. No existe una única caja.
Hay que distinguir, al
menos, entre las finanzas de la Santa Sede, las del Estado de la Ciudad del
Vaticano, la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica —APSA— y el
Instituto para las Obras de Religión —IOR—, conocido popularmente como Banco
Vaticano.
La Santa Sede publicó para
2024 ingresos por 1.230,7 millones de euros y gastos por 1.275,2 millones.
El déficit operativo fue de 44,4
millones de euros, prácticamente la mitad de los 83,5 millones registrados el
año anterior. La gestión financiera aportó 46 millones y permitió cerrar el
ejercicio con un resultado final positivo de aproximadamente 1,6 millones de
euros.
El dato ayuda a desmontar
una asociación frecuente: poseer un enorme patrimonio no significa disponer
automáticamente de enorme liquidez.
La Capilla Sixtina puede
tener un valor cultural incalculable, pero no es un activo que pueda venderse
para pagar salarios a fin de mes.
Los
ladrillos también son poder
Otra cosa son las
inversiones y propiedades gestionadas por la APSA, Administración del
Patrimonio de la Sede Apostólica.
Su balance correspondiente a
2025 registró un patrimonio neto de 2.686 millones de euros, 89 millones más
que el año anterior.
La institución administra 4.281
inmuebles en Italia y alrededor de 1.200 unidades en Londres, París, Ginebra y
Lausana, mediante sociedades controladas.
Buena parte de ese
patrimonio tiene una función económica: generar recursos para sostener las
estructuras de la Santa Sede.
En 2025, el resultado del
sector inmobiliario de APSA alcanzó los 44,5 millones de euros.
El patrimonio Vaticano, por
lo tanto, no se reduce a iglesias, obras de arte y edificios históricos.
También incluye inmuebles
comerciales, inversiones financieras y activos gestionados para producir
rentabilidad.
El llamado
Banco Vaticano
El Instituto para las Obras
de Religión, IOR, completa otra parte del rompecabezas. Aunque se lo
denomina “Banco Vaticano”, no funciona como un banco comercial abierto al
público ni es el banco central del Estado. No obstante posee una clientela
limitada fundamentalmente a instituciones de la Iglesia, organismos vaticanos y
determinados sujetos autorizados.
A fines de 2025 registraba 5.900
millones de euros en activos de clientes, activos propios por unos 2.500
millones y un beneficio neto de 51 millones de euros, el mayor de la última
década. De ese resultado, 24,3 millones fueron destinados al Papa.
Hay una precisión
fundamental: esos 5.900 millones no son patrimonio personal del Papa ni dinero
disponible del Vaticano. Son activos pertenecientes a clientes administrados
por el instituto. Es una distinción necesaria porque las cifras millonarias
producen fácilmente titulares y bastante más difícilmente explicaciones.
Dinero,
secretos y controles
Las finanzas vaticanas
tampoco pueden comprenderse sin su historia de controversias.
Uno de los casos más
conocidos fue el colapso del Banco Ambrosiano en 1982, entidad que mantenía
complejas relaciones financieras con el IOR.
El episodio dañó
profundamente la reputación del sistema financiero vaticano y se convirtió
durante décadas en sinónimo de falta de transparencia. Documentos periodísticos
de la época registran que la propia Santa Sede tuvo que explicar públicamente
sus vínculos con la institución quebrada.
Las reformas fueron llegando
lentamente. Desde 2011, la Santa Sede y el Estado Vaticano participan de las
evaluaciones de MONEYVAL, el organismo del Consejo de Europa encargado
de examinar los sistemas contra el lavado de dinero y el financiamiento del
terrorismo.
El último seguimiento,
publicado en mayo de 2024, registró 35 de las 39 recomendaciones aplicables
como cumplidas o mayormente cumplidas, mientras cuatro permanecían parcialmente
cumplidas.
Es un avance significativo,
si bien no significa que la discusión sobre transparencia esté cerrada. En
2024, la autoridad financiera vaticana recibió 79 reportes de operaciones
sospechosas; congeló dos cuentas por un total de 2,12 millones de euros y
suspendió tres operaciones por aproximadamente 1,06 millones. Un sistema
pequeño no necesariamente es un sistema simple.
Un Estado
que no se explica por sus fronteras
Entonces, ¿es poderoso el
Vaticano? La respuesta depende de qué entendamos por poder. No puede competir
militarmente con Estados Unidos, China o Rusia. Su economía es minúscula frente
a las grandes potencias y sus 882 residentes cabrían cómodamente dentro de una
escuela grande.
Pero esa comparación quizá
sea equivocada si se comprende que su
capacidad proviene de una combinación extremadamente particular: soberanía
propia, personalidad internacional, relaciones diplomáticas con 184 Estados,
patrimonio, acceso directo a gobiernos, presencia institucional en
prácticamente todo el planeta y la capacidad simbólica de la figura papal.
Esas son dimensiones de
poder que no aparecen en un mapa. Cuando León XIV llegue a la Argentina será
inevitable mirar las ceremonias, los fieles y los símbolos religiosos.
Ahora bien, no llegará
solamente un líder espiritual. También llegará el soberano de una monarquía
absoluta, cabeza de una estructura diplomática presente en buena parte del
mundo y máxima autoridad de una organización que administra propiedades e
inversiones por miles de millones de euros.
Ahí está quizás la paradoja
que esconden esas murallas.
Las fronteras del Vaticano
ocupan 44 hectáreas, las de su poder son bastante más difíciles de dibujar.
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