Por
Nancy Cardozo
“Sienten
que tienen derechos sobre nuestros cuerpos”, dijo Julieta Miranda, trabajadora
sexual trans de los Bosques de Palermo. Ella aclaró que no estuvo presente
durante el ataque que se conoció esta semana. Habló de lo que sufrieron sus
compañeras y de un hostigamiento que conoce de primera mano. Contó que se
espera que ellas se tomen los insultos con humor, porque responder puede
exponerlas a una agresión mayor. Vale la pena empezar por ahí. Hasta la risa se les exige.
Un
grupo de jóvenes persiguió y golpeó a trabajadoras sexuales trans cerca del
Lago de Regatas. Las grabaciones circularon en redes con insultos transfóbicos
y emojis de risa. La fiscalía porteña abrió de oficio una investigación por
lesiones agravadas por odio a la identidad de género y pidió registros de
cámaras y testimonios. La investigación deberá establecer responsabilidades. La
forma en que se difundieron las imágenes ya permite hacer otra pregunta. ¿Para
quién se filmó la agresión?
La
antropóloga Rita Segato llama pedagogías
de la crueldad a las prácticas que enseñan a “transmutar lo vivo y
su vitalidad en cosas”. En su lectura de la violencia, una agresión puede
dirigirse a la persona que la sufre y, al mismo tiempo, funcionar como una
demostración de poder ante los pares. Ahí la cámara cobra sentido. Al
publicarse con burlas, el video ofrecía la humillación de las trabajadoras como
motivo de risa. Los emojis hasta indicaban cómo había que mirar. Lo que en el
parque podía dar aprobación dentro del grupo, en redes encontraba un público
más amplio.
Pero
entender la dinámica de la patota explica apenas una parte. Para pensar por qué
el ataque tuvo como blanco a esas mujeres, en ese lugar, hace falta escuchar a
quienes llevan años documentando la violencia. En 2007, Lohana Berkins y otras
investigadoras publicaron Cumbia,
copeteo y lágrimas, un informe impulsado por la Asociación de Lucha
por la Identidad Travesti-Transexual. Casi dos décadas antes de que este video
circulara, el movimiento travesti y trans ya producía sus propios datos sobre
sus condiciones de vida. Leído desde esa historia, el testimonio de Miranda
vuelve incómoda una pregunta para la ciudad. ¿Qué protección tienen las
trabajadoras que llevan tiempo contando lo que les pasa en ese mismo lugar?
Georgina
Orellano aporta
otra dimensión. En Puta
feminista, recuerda cómo, en las charlas entre compañeras,
empezaron a nombrarse trabajadoras
sexuales, aunque el trabajo ya aparecía en sus conversaciones de
todos los días. “Mañana no voy a venir a trabajar porque tengo el acto de mi
hijo en la escuela”, recupera entre esas frases. Esa escena cotidiana devuelve
algo que el video borra. Las mujeres agredidas estaban trabajando. Según
Miranda, algunas quedaron tan doloridas que no pudieron volver a hacerlo. El
ataque también tuvo consecuencias sobre su posibilidad de ganarse la vida.
En Marcos de guerra, Judith Butler se
pregunta qué vidas son reconocidas públicamente como vidas cuya pérdida
importa. Su pregunta alcanza también a la cobertura. Podemos reproducir el
video, contar cuántos jóvenes aparecen y describir los golpes. Podemos, además,
decidir qué lugar damos a quienes vienen hablando desde antes. Miranda contó
que las compañeras se convocaron para acompañar a las agredidas a denunciar.
Ese gesto también es parte de la noticia. Son ellas quienes vienen poniendo en
palabras lo que sucede en los bosques y quienes se organizan para que ninguna
tenga que atravesarlo sola.
En
Palermo, la burla llevaba una orden implícita. La patota podía reírse y las
trabajadoras debían aguantar. La prueba de cuánto escuchamos a Julieta Miranda
llegará cuando el video deje de circular. ¿Qué es lo que se va
hacer para que esas mujeres puedan
volver a trabajar sin tener que reírse ante quienes las amenaza?
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