Por Nancy Cardozo
La política
del odio convertida en estrategia resulta el escenario, en el que Steve Bannon
se transformó en uno de los referentes más influyentes de la nueva comunicación
política de la ultraderecha, con un método que luego encontró ecos en distintos
países, incluida América Latina.
Bannon,
exdirector de Breitbart News y principal estratega de la campaña
presidencial de Donald Trump en 2016, popularizó una lógica comunicacional
basada en la confrontación constante. La frase que suele resumir su método es
contundente: “la verdadera oposición son los medios, y la forma de enfrentarlos
es inundar la zona con información caótica”. La estrategia consiste en producir
una cantidad tan grande de polémicas, declaraciones, escándalos y mensajes
emocionales que el debate público quede desbordado.
No se trata
únicamente de desinformar. Se trata de saturar.
La fabricación del conflicto
El
comunicador y analista Beto Quevedo ha señalado que el fenómeno Bannon expresa
una transformación profunda de la política: el objetivo ya no es persuadir
racionalmente, sino movilizar afectos, construir enemigos permanentes y
mantener a la sociedad en un estado de tensión constante.
Según
Quevedo, esta estrategia desplaza la discusión sobre políticas públicas hacia
batallas culturales, donde la indignación tiene más valor que la deliberación.
En ese esquema, periodistas, intelectuales, feministas, organismos
internacionales, migrantes o cualquier actor crítico pueden ser convertidos en
adversarios simbólicos.
La política
deja de organizarse alrededor de programas y comienza a estructurarse alrededor
de identidades enfrentadas.
Cuando la verdad pierde valor
En este punto
citar a la filósofa y escritora Hannah Arendt resulta perentorio. Ella advirtió
que uno de los rasgos más peligrosos de los movimientos autoritarios no es solo
la mentira, sino la destrucción de las condiciones que permiten distinguir
entre verdad y falsedad.
En Los
orígenes del totalitarismo (1951) Arendt sostiene que el problema aparece
cuando los hechos dejan de importar y son reemplazados por relatos que
organizan emocionalmente a una comunidad.
La
estrategia de saturación informativa funciona precisamente sobre ese terreno.
Si todo puede ser puesto en duda, si toda información parece parte de una
conspiración, la confianza en las instituciones, en el periodismo y en el
conocimiento experto comienza a erosionarse.
La política del “nosotros contra ellos”
El filósofo
canadiense Jason Stanley, autor de How Fascism Works, explica que las
políticas autoritarias suelen apoyarse en una narrativa de victimización. El
líder se presenta como el defensor de un pueblo amenazado por enemigos internos
y externos. La propaganda no busca convencer a todos; busca consolidar un
“nosotros” emocionalmente cohesionado frente a un “ellos” demonizado.
Ese
mecanismo aparece reiteradamente en las campañas contemporáneas: la
construcción del enemigo como responsable de la decadencia nacional, la
inseguridad, la pérdida de empleo o la crisis cultural. La polarización deja de
ser una consecuencia del conflicto político y se convierte en un objetivo
deliberado.
La política
del miedo
Por su
parte, la lingüista Ruth Wodak, una de las principales investigadoras de la
extrema derecha europea, sostiene que estos movimientos utilizan una “política
del miedo”. El miedo a perder la identidad, el trabajo, la seguridad o la
pertenencia nacional es transformado en capital político mediante discursos que
simplifican problemas complejos y ofrecen culpables concretos.
La eficacia
de esa estrategia aumenta en entornos digitales, donde los algoritmos
privilegian los contenidos que generan reacciones intensas.
La
indignación circula más rápido que la explicación.
Una comparación necesaria, aunque con matices
Comparar a
Steve Bannon con Joseph Goebbels exige una advertencia histórica. No son
fenómenos equivalentes ni pertenecen al mismo contexto político. Sin embargo,
existen similitudes en ciertas técnicas propagandísticas.
Goebbels
utilizaba la repetición sistemática, la simplificación del mensaje y la
construcción del enemigo único. Bannon retoma varios de esos principios, pero
adaptados al ecosistema digital.
La
diferencia es decisiva: Goebbels operaba en un sistema centralizado de control
de la información; Bannon actúa en un sistema descentralizado donde el objetivo
no es monopolizar el discurso, sino fragmentarlo.
Podría
decirse que Goebbels buscaba imponer una verdad oficial. Bannon busca que
ninguna verdad resulte estable.
América Latina: la importación de un método
En
distintos países latinoamericanos comenzaron a observarse estrategias
comunicacionales que privilegian el conflicto permanente, la descalificación de
adversarios, el uso intensivo de redes sociales y la producción constante de
controversias.
Más que una
copia exacta del modelo estadounidense se trata de una adaptación regional de
una lógica política donde la atención pública es el recurso principal.
La campaña
nunca termina.
La democracia bajo presión
El problema
central no es la existencia de discursos radicales, sino el impacto acumulativo
de estas estrategias sobre la esfera pública.
Cuando la
conversación política queda dominada por enemigos, escándalos y emociones
extremas, disminuye el espacio para el acuerdo, la evidencia y el debate
informado.
Arendt
recordaba que la libertad política depende de un mundo compartido de hechos.
Stanley
advierte que la propaganda erosiona ese mundo común.
Wodak
muestra cómo el miedo reorganiza el lenguaje democrático.
Y Quevedo
observa que la saturación digital convierte el conflicto en un modo permanente
de gobierno.
La pregunta
ya no es solo quién gana una elección, sino qué tipo de conversación pública sobrevive
después de la campaña.
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