Brasil
llegará al balotaje del 25 de octubre con el bolsonarismo fortalecido.
Flávio Bolsonaro obtuvo el 47,03% de los votos válidos y Luiz Inácio Lula da
Silva el 45,16%, según Agencia Brasil, con el escrutinio prácticamente
completo. La diferencia obliga al oficialismo a reconstruir apoyos y confirma
que la fuerza política del apellido Bolsonaro conserva una amplia base
electoral. La presidencia sigue abierta.
El
resultado se conecta con una pregunta que atraviesa América Latina: ¿qué sucede
cuando la democracia deja de ser percibida como una herramienta capaz de
mejorar la vida cotidiana? La inseguridad, las dificultades económicas y la
desconfianza institucional ofrecen un terreno donde pueden crecer promesas de
autoridad y soluciones rápidas. Comprender ese voto exige atender sus demandas,
sin atribuir a todos los electores las mismas convicciones ni reducirlos a una
etiqueta.
La
politóloga Wendy Brown abre un espacio de análisis que invita a la reflexión.
En In the Ruins of Neoliberalism —En las ruinas del neoliberalismo—,
publicado en 2019, estudia cómo el neoliberalismo erosiona los principios
democráticos y puede articularse con políticas reaccionarias. Su argumento
excede la reducción del gasto estatal: apunta a una transformación del sentido
de la vida colectiva, donde el mercado y la moral tradicional desplazan las
decisiones sobre igualdad y justicia social.
Desde ese
enfoque, el ciudadano corre el riesgo de convertirse en un individuo obligado a
administrar solo sus dificultades. El desempleo, la precariedad o la pérdida de
oportunidades aparecen como fracasos personales, mientras se debilita la
posibilidad de reconocer sus causas sociales y discutir respuestas comunes.
Aplicada a
Brasil, esta perspectiva permite formular una hipótesis: el malestar puede ser
organizado políticamente alrededor del castigo, la restauración de jerarquías y
la búsqueda de enemigos. La promesa de orden ofrece pertenencia y certezas a
quienes sienten que han perdido control sobre sus vidas. Comprobar cuánto
explica esa dinámica el resultado brasileño requiere estudiar al electorado;
las cifras, por sí solas, no revelan sus motivaciones.
Aquí
aparece una tensión central en Brown: la exaltación de la libertad de
mercado puede convivir con el debilitamiento de la igualdad política.
Conviene entonces preguntar qué libertad se promete, quiénes pueden ejercerla y
qué capacidad conserva la sociedad para controlar al poder. La participación
electoral necesita acompañarse de pluralismo, derechos y posibilidades
efectivas de intervenir en las decisiones colectivas.
La disputa
también tiene una dimensión internacional. La alianza de la familia Bolsonaro
con Donald Trump está documentada. A su vez, la periodista Mariana Sanches
informó en UOL sobre negociaciones estadounidenses que incluían exigencias para
excluir a China de operaciones brasileñas de tierras raras, condiciones
rechazadas por el Gobierno de Lula. La afinidad política se cruza así con
intereses sobre recursos estratégicos. Esto no demuestra que Washington haya
determinado el resultado electoral.
Para
Argentina, el rumbo brasileño importa: un mayor alineamiento con Estados Unidos
podría modificar el margen de autonomía regional. El balotaje decidirá quién
gobierna Brasil. También pondrá a prueba la capacidad de construir una
respuesta al descontento que mejore la vida cotidiana y preserve el poder de la
ciudadanía para decidir sobre su futuro.




