Por
Nancy cardozo
Hay
autores que trascienden el libro sin abandonar aquello que hace reconocible su
escritura. Mariana Enriquez parece atravesar uno de esos momentos. En pocos
días, su nombre quedó asociado a Netflix, a la carrera argentina por los Oscar
y hasta a un comentario público de Stephen King. No se trata solamente de
coincidencias: detrás aparece un universo narrativo que comenzó en la
literatura y hoy circula por nuevos lenguajes, soportes y públicos.
La
película La virgen de la
tosquera, dirigida por Laura Casabé e inspirada en cuentos de
Enriquez, fue elegida por la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas
de la Argentina para representar al país en la competencia por el Oscar a Mejor
Película Internacional. También será la representante argentina en los Premios
Goya.
Casi
en simultáneo, Netflix estrenó Mis
muertos tristes, miniserie de cuatro episodios dirigida por Pablo
Larraín y construida a partir de varios relatos de la escritora. Allí confluyen
personajes y situaciones de “Mis muertos tristes”, “Julie”, “Un lugar soleado
para gente sombría” y “Cuando hablábamos con los muertos”. La operación no
consiste en trasladar literalmente los cuentos a la pantalla: los textos son
reorganizados y transformados para construir una nueva narración audiovisual.
La
propia Enriquez ofrece una clave para comprender ese universo. Sus fantasmas,
explica, pueden ser leídos como aquello que vuelve porque permanece ligado a la
memoria y a injusticias que no encuentran resolución. En la serie aparecen la
pobreza, la violencia, el abandono y los márgenes urbanos, aunque atravesados
por lo sobrenatural.
Hasta
Stephen King se detuvo allí. El 18 de septiembre publicó en X un comentario
sobre la premisa de Mis
muertos tristes y la definió como una “idea genial”. El gesto tiene
una particular resonancia: Enriquez ha reconocido durante años la influencia de
King en su formación como lectora y escritora; ahora es uno de los referentes
internacionales del género quien observa una obra nacida de sus relatos.
Ese
desplazamiento permite recuperar a Jesús Martín-Barbero. Cuando propuso pasar “de los medios a las mediaciones”,
el investigador invitaba a no mirar solamente el aparato —el libro, la
televisión, el cine— sino los procesos culturales mediante los cuales los
sentidos circulan, se transforman y son apropiados por diferentes públicos. La
comunicación, desde esa perspectiva, no reside exclusivamente en el medio sino
en las articulaciones entre cultura, prácticas sociales y tecnologías.
Eso
es, precisamente, lo interesante del momento Enriquez. Un cuento escrito para
ser leído se convierte en película; varios relatos se entrecruzan para
construir una serie global; una plataforma como Netflix los coloca frente a
públicos que quizás nunca abrieron uno de sus libros.
Cambian
los lenguajes y cambian las formas de circulación. Lo que permanece es el
núcleo perturbador de su obra: los fantasmas, la violencia, la memoria, los
cuerpos y, fundamentalmente, una pregunta incómoda sobre aquello que una
sociedad prefiere no mirar.
Quizás
por eso Mariana Enriquez ya no puede pensarse solamente como una escritora
argentina de terror. Su obra se ha convertido en un territorio cultural que
otros lenguajes empiezan a disputar, traducir y volver a contar.




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