Por Nancy
Cardozo
Después de 60 años, Ediciones de la Flor
comienza a bajar definitivamente sus persianas. El cierre había sido anunciado
durante la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires y en septiembre entró
en su etapa final: la editorial abrió su histórico depósito para liquidar
ejemplares descatalogados mientras termina de ordenar seis décadas de trabajo.
Su directora, Ana María “Kuki” Miler, sintetizó crudamente la situación del
mercado editorial: “no se vende nada”.
La historia comenzó en 1966 alrededor de
Daniel Divinsky, el abogado Oscar Finkelberg y el editor Jorge Álvarez; poco
después Kuki Miler se incorporaría a un proyecto que terminaría convirtiéndose
en una referencia cultural argentina. Los primeros libros aparecieron en 1967 y
el catálogo pronto combinaría literatura, ensayo, teatro y un género que se
transformaría en una de sus señas particulares: el humor gráfico.
La casa de Mafalda
El encuentro con Quino resultó decisivo. A
comienzos de los años setenta, el dibujante tuvo dificultades para cobrar
derechos por las primeras ediciones de Mafalda y recurrió como abogados
a Divinsky y Finkelberg. Resuelto el conflicto, decidió continuar publicando
sus libros en De la Flor. El tomo 6 de Mafalda llegó a vender 200.000
ejemplares en apenas dos días. Así comenzó una relación editorial y personal
que atravesó décadas.
La alianza terminó en julio de 2025, cuando
los herederos de Quino decidieron trasladar su obra a Sudamericana,
perteneciente a Penguin Random House. Para Miler fue “un golpe al
corazón”. La pérdida de uno de los principales long sellers del sello se
sumó a la caída de ventas, el aumento de costos y las transformaciones del
mercado editorial.
Sin embargo, reducir De la Flor a Mafalda
sería contar apenas una parte de su historia. Por su catálogo pasaron Roberto
Fontanarrosa, Rodolfo Walsh, Griselda Gambaro, Caloi, Rep, Maitena, Sendra y
Liniers, además de autores como Fogwill, John Berger, Umberto Eco, Clarice
Lispector y Vinicius de Moraes. En 1972 publicó Operación Masacre, de
Walsh, y también llevó a las librerías obras que serían prohibidas durante la
última dictadura militar.
Una editorial que siguió aun desde el exilio
Una de las historias que mejor resume el
carácter del sello ocurrió durante la dictadura. En 1977 Divinsky y Miler
fueron detenidos y permanecieron alrededor de cuatro meses presos. Liberados
tras reclamos internacionales, se exiliaron en Venezuela. De la Flor, sin
embargo, continuó funcionando y Quino siguió publicando con ellos: amigos
transportaban material entre países para mantener vivo el vínculo editorial.
Mucho antes, en 1969, cuando la pequeña
editorial había alcanzado apenas sus primeros treinta títulos, organizó una
fiesta en la confitería del Zoológico de Buenos Aires. La invitación llevaba
una frase perfectamente acorde con el humor que después identificaría al sello:
“No deje que los animales sean más”.
Sesenta años después, la despedida resulta
bastante menos festiva. Mafalda cambió de casa, Fontanarrosa también tomó otros
caminos editoriales y Daniel Divinsky murió en 2025. Quedan los libros y un
catálogo que atravesó censuras, exilios, hiperinflaciones y crisis económicas.
Esta vez, la histórica Flor decidió cerrar su ciclo.



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