El trabajo muestra que las poblaciones
tempranas centraban su dieta principalmente en herbívoros de miles de kilos, lo
que fortalece la idea sobre su importante rol en la extinción de la megafauna.
Entre 13.500 y 11.700 años atrás, las
poblaciones humanas de América comenzaron un proceso de rápida y extensa
expansión hacia diversos ecosistemas del continente. Uno de los grandes debates
vigentes en el campo de la arqueología se da en torno a las estrategias adaptativas de aquellos grupos
tempranos: para algunos, eran generalistas en su dieta, es decir que comían
diversas especies que cazaban o recogían al paso, mientras que otros sostienen
que se trataba de cazadores especializados, específicamente de grandes
mamíferos de miles de kilos. Gracias a evidencia arqueológica proveniente de 50
sitios distribuidos desde Alaska a la Patagonia, un estudio científico del que
participaron expertos del CONICET, la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y
la Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN), publicado
en la revista Sciences Advances, suma
argumentos en favor de la idea de una estrategia
de caza especializada centrada en megafauna.
“Aquí en Sudamérica se asumía casi
naturalmente que la megafauna había sido poco importante en la economía de los
pobladores tempranos. En trabajos anteriores, observamos que la subestimación
de su relevancia estaba equivocada: para los grupos humanos del final del
Pleistoceno, estos grandes animales no fueron un recurso marginal, sino el pilar de su dieta y de su estrategia de
subsistencia”, apunta Luciano Prates, investigador del CONICET en la
Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata
(FCNyM, UNLP).
Luciano Prates. Foto: gentileza investigador.
En referencia a publicaciones en las que el equipo pudo
determinar, por un lado, la fuerte correlación temporal y espacial entre el
comienzo del colapso de la megafauna, iniciado hace 12.900 años, y la aparición
de unas puntas de lanza, llamadas “puntas cola de pescado”, una tecnología
utilizada para cazar a estos mamíferos; y, por otro, el ranking de presas
preferidas a nivel sudamericano de acuerdo al mayor retorno energético que
ofrecían: perezosos gigantes, caballos y mastodontes.
Los grupos tempranos iban ocupando distintos lugares del continente con un perfil de presa particular para la que estaban preparados económica y tecnológicamente. Foto: gentileza investigadores y Megafauna 3D Project.
“En paralelo a este debate sobre cuán
importante era la megafauna para la economía de estos grupos tempranos, estaba
el otro debate acerca de si eran generalistas oportunistas, o especializados.
En el primer caso, hablamos de individuos
avanzando por el territorio y nutriéndose en un sentido amplio: si tienen
que cazar, cazan; si tienen que pescar, pescan; si hay vegetales, comen
vegetales. Se adaptan a lo que van encontrando. Una caza especializada,
particularmente en grandes mamíferos de miles de kilos, es un enfoque
completamente distinto”, apunta el experto, quien afirma que esto no implica
que no aprovecharan otros recursos, pero sí una importancia desproporcionada en
favor de grandes presas.
Para contribuir a saldar la controversia,
junto a profesionales de la Universidad de Alaska, Estados Unidos, el equipo
platense analizó información arqueológica proveniente de 50 sitios distribuidos
de norte a sur de América, desde la región de Beringia oriental, cercana a
Alaska y el territorio del Yukón, que sirvió como puente entre nuestro
continente y Asia antes de ser cubierta por el agua, hasta la Patagonia. El objetivo
fue determinar si los grupos que ocuparon de forma temprana esos territorios
eran generalistas o especializados, e identificar cuáles eran los animales en
los que se basaba principalmente su dieta. “Una forma tradicional para hacerlo
es, sencillamente, contar la cantidad de individuos que encontrás de cada
especie. La dificultad de ese enfoque es que pone en pie de igualdad a un
mastodonte o un megaterio con una mulita o un tucu-tucu”, grafica Ivan Perez,
investigador del CONICET en la FCNyM y autor del trabajo, y prosigue: “Además
de que no es lo mismo cazar un megaterio que un tucu-tucu, el aporte a la dieta
de uno y otro es significativamente distinto”.
Ivan Perez. Foto: gentileza investigador.
El equipo -del que también participó
Gustavo Politis, investigador del CONICET en el Instituto de Investigaciones
Arqueológicas y Paleontológicas del Cuaternario Pampeano (INCUAPA,
CONICET-UNICEN)– utilizó una estimación basada en el aporte de biomasa y
energía de cada especie, es decir, cuánto alimento y cuántas calorías podía
proveer cada presa: “Cuántos tucu-tucu harían falta para igualar la energía que
aporta un megaterio”, grafica Perez.Luego, se cruzó esa información con los
restos presentes en los sitios arqueológicos. Ese cambio metodológico permitió
observar una diferencia clave: aunque en los sitios aparecen muchos restos de
animales pequeños y otros recursos, los grandes
herbívoros concentraban la mayor parte del aporte energético potencial de la
dieta, representando entre el 83 y el 90 por ciento de la contribución
estimada. “El impacto de la megafauna en la dieta de las poblaciones humanas
del pasado es, por mucho, lo más significativo”, destaca Prates.
Los científicos vinculan esta estrategia de
caza y alimento con la expansión de los primeros grupos: no eran individuos que
iban caminando aleatoriamente por el espacio aprovechando lo que había a su
paso, sino que se expandieron en áreas con mayor disponibilidad de estas
presas. “Claro que, si en el camino se cruzaban con una mulita, la comían, pero
la evidencia dice que eran especializados
en la dieta, particularmente en megafauna. Sin embargo, eran generalistas en el espacio. Ellos iban
ocupando distintos lugares del continente con un perfil de presa particular
para la que estaban preparados económica y tecnológicamente”, subrayan. “Un dato
importante que encontramos tiene que ver con la dimensión espacial: encontramos
evidencia, en cuanto a materias primas y las puntas de lanza que usaban, de que
cubrían distancias de hasta 600 kilómetros. Esto es muy singular, si pensamos
que eran grupos que andaban a pie, no tenían caballos u otros animales que les
sirvieran de medio de transporte”, agrega Perez.
Los
animales explotados variaban según la región: en
Beringia, el mamut lanudo; en América del Norte, el mamut de Columbia – dos
especies muy emparentadas con los elefantes actuales–; y en América del Sur,
los perezosos terrestres gigantes y gonfoterios –Notiomastodon y Cuvieronius,
más distantes, pero también relacionados con los elefantes del presente– fueron
las presas predilectas de los grupos tempranos. Más atrás en las preferencias
aparecen caballos y camélidos. “Son todos animales grandes, pesados, de más de
44 kilos hasta cientos o miles de kilos, que ofrecían un retorno importante en
kilocalorías. Muchos de ellos, muy lentos”, destacan los autores.
Para una futura etapa, quedarán por
resolver nuevos interrogantes que se abrieron tras el reciente estudio. ¿Por
qué Sudamérica muestra una diversidad de presas mayor que Norteamérica durante
el período analizado? “En el norte se da un fenómeno más homogéneo, en
contraposición a lo ocurrido en América del Sur”, resalta Prates. Comprender
esas diferencias permitirá seguir reconstruyendo cómo las primeras poblaciones
humanas se relacionaron con los ecosistemas americanos y cómo lograron expandirse
por un continente completamente desconocido.
Las presas preferidas eran los mamuts, en el norte, y los perezosos y gonfoterios, parientes lejanos de los elefantes, en Sudamérica. Foto: gentileza investigadores y Megafauna 3D Project.
Fuente: CONICET




