«Locomotora», había nacido el 18 de agosto de 1967 en Caleta Olivia, Santa Cruz, y tenía 59 años. Fue campeón mundial de la categoría mediano y, en los últimos años, se había convertido en una referencia de la ayuda solidaria en el conurbano bonaerense, al frente de una red de comedores que levantó durante la pandemia. En el último tiempo se había mudado a Morón, donde trabajaba para abrir un nuevo comedor.
Su consagración llegó el 10 de diciembre de 1994, en un estadio de béisbol de Monterrey, México, frente al estadounidense John David Jackson. Castro perdía con claridad en las tres tarjetas, con un ojo cerrado y el rostro ensangrentado contra las cuerdas, cuando conectó un gancho de izquierda al mentón que derribó a su rival y dio vuelta una pelea que parecía perdida. Aquella remontada quedó grabada como uno de los combates más épicos de la historia del boxeo nacional.
En la conferencia de prensa posterior bautizó aquel golpe como «la mano de Dios», en un guiño a Diego Maradona, de quien fue amigo. Retuvo el título en dos defensas, entre ellas una revancha ganada a Reggie Johnson, y a lo largo de su trayectoria superó las 140 peleas como profesional, con una mandíbula de acero y una pegada que lo convirtieron en ídolo popular.Su vida también estuvo marcada por golpes fuera del ring. En junio de 2005 sufrió un grave accidente automovilístico en Buenos Aires, con colapso pulmonar, que lo obligó a una cirugía de urgencia. Aun así, volvió a pelear.
Lejos de la gloria deportiva, el Roña encontró su pelea más larga en los barrios. Desde la pandemia sostenía comedores y merenderos en Lomas de Zamora y abastecía con mercadería a otros espacios comunitarios. Su diagnóstico sobre quiénes llegaban a pedir un plato de comida retrataba con crudeza el deterioro social de los últimos años.
«Ahora no vienen los pibes, viene la gente grande, personas de 70 años que se ponen a llorar porque se jubilaron y no le alcanza la plata», relató en octubre de 2025, cuando anunció que estaba armando un comedor para 500 personas en Morón. Nunca escondió de dónde venía: «Yo pasé hambre, pasé frío, a mí no me lo puede contar ningún político, yo hago lo que deberían hacer ellos», había dicho al cumplir años.
Mientras el Estado se retiraba de los barrios, un excampeón mundial salía a cubrir con ollas lo que las políticas públicas dejaban sin respuesta. Esa es, quizás, la última imagen que deja Castro: la de un hombre que nunca se olvidó del hambre que conoció de chico.

4.png)


