Por Nancy Cardozo
Llamar
todavía “Día de la Raza” al 12 de octubre puede responder a una costumbre
aprendida. Defender esa denominación frente al reconocimiento de los pueblos
originarios expresa una elección política: conservar una mirada que sitúa al
conquistador en el centro y deja a los conquistados como decorado de su propia
historia.
En Argentina, el decreto 1584/2010 estableció el Día del Respeto a la Diversidad Cultural. El cambio propuso revisar la fecha desde los derechos humanos y la diversidad étnica y cultural. Nombrar también es decidir qué recordamos y a quién reconocemos. Hoy el gobierno de Javier Milei volvió a utilizar "Día de la Raza" en sus comunicaciones y en el calendario oficial 2026: una elección política que recupera la mirada colonial que aquel cambio buscó superar.
Conviene
precisar.
Primero: la UNESCO no prohibió la palabra “raza”: su
declaración de 1978 afirmó que todos los seres humanos pertenecemos a la misma
especie y rechazó las teorías de superioridad o inferioridad racial por carecer
de fundamento científico. Lo peligroso es convertir diferencias humanas en una
jerarquía que autorice a dominar, excluir o eliminar.
Segundo: los
“espejitos de colores” sirven como metáfora de una promesa deslumbrante que
oculta un intercambio desigual. Reducir la conquista a indígenas supuestamente
ingenuos, engañados con baratijas, reproduce el desprecio que pretendemos
cuestionar: borra la violencia, la resistencia y la capacidad política de los
pueblos americanos.
Y para graficar aparece el gran Eduardo
Galeano que abrió su libro Las
venas abiertas de América Latina, publicado en 1971, con una frase
que condensa esa desigualdad: “La división internacional del trabajo consiste en que unos
países se especializan en ganar y otros en perder”. Su
denuncia invita a mirar cómo la riqueza de un territorio puede alimentar la
prosperidad ajena mientras sus habitantes permanecen subordinados.
La
economía del litio ofrece una base documentada para pensar esa persistencia. En
un material publicado en 2025, la CEPAL describe una división internacional del
trabajo: América Latina y Australia proveen materias primas, mientras Asia,
especialmente China, domina la fabricación de celdas, baterías y vehículos
eléctricos. Para Argentina también señala impactos sobre el agua, la
biodiversidad y las actividades tradicionales, junto con limitaciones en
evaluación ambiental, consulta previa y fiscalización.
El
ecólogo uruguayo Eduardo Gudynas aporta una herramienta para
interpretar ese esquema. En Extractivismos
(2015), caracteriza estas actividades por la extracción de grandes volúmenes de
recursos destinados a ser exportados “como materias primas sin procesar, o con un procesamiento
mínimo”. Leído junto a Galeano, su enfoque
ilumina una tensión: disponer de riquezas naturales no asegura controlar su
destino ni distribuir sus beneficios.
En
Argentina, esa discusión atraviesa también el Súper RIGI. El anuncio
oficial promete inversiones y empleo e incluye actividades industriales, como
la fabricación de baterías. Precisamente por eso, corresponde examinar qué
compromisos convertirían esas promesas en producción local, transferencia
tecnológica e ingresos públicos. El brillo aparece cuando se presentan los
beneficios futuros como seguros y se deja en segundo plano el costo de los
incentivos ofrecidos.
El
intento de eliminar las restricciones a la compra de tierras rurales por
extranjeros expone otra dimensión del problema. El Gobierno defendió esa
apertura con una expectativa de inversiones de hasta 15.000 millones de
dólares. Esa cifra anunciada exige preguntar qué control sobre el territorio se
compromete y qué beneficios verificables recibiría la sociedad. El 9 de
octubre, la Corte suspendió provisoriamente la derogación de la Ley de Tierras;
el conflicto sigue abierto.
La
analogía con el orden colonial se sostiene en las relaciones de poder: quién
fija las condiciones, quién concentra las ganancias y quién soporta los costos.
Confundir inversión con desarrollo permite que una promesa de prosperidad
justifique concesiones cuyo alcance apenas se discute.
Conmemorar
la diversidad cultural exige reconocer a los pueblos originarios como sujetos
políticos del presente. Celebrar sus tradiciones mientras se desoyen sus
reclamos territoriales vacía de contenido ese reconocimiento.
Galeano
señaló la desigualdad; Gudynas ayuda a comprender sus mecanismos extractivos.
Este 12 de octubre es una invitación, más que nunca a la reflexión: ¿cuánto de nuestra riqueza estamos
dispuestos a entregar a cambio de otra promesa que brilla?


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