El siguiente texto, es de Ahmed Najar un escritor
palestino, comentarista de medios, economista y profesional de las finanzas. Nacido
y criado en Gaza, ha escrito para The Guardian, Metro, The Independent, The
Electronic Intifada, Middle East Eye, iNews y The Big Issue, ofreciendo
reflexiones personales y políticas sobre Palestina. También ha aparecido en la
BBC, Sky News y Al Jazeera, brindando análisis sobre la realidad del conflicto
y sus implicaciones a nivel global.
La Nakba se menciona con frecuencia como si
fuera un capítulo cerrado de la historia. Esta palabra (que en árabe significa
“catástrofe”) evoca por sí misma
fotografías en blanco y negro, familias atemorizadas caminando por caminos
polvorientos, pueblos que fueron forzados a ser desocupados en 1948 y llaves de
hogares llevadas al exilio.
Se suele presentar como un acontecimiento
trágico pero que concluyó, un doloroso episodio sellado en algún lugar del
pasado distante.
Sin embargo, para los palestinos, la Nakba nunca fue un hecho puntual: fue el comienzo
de una estructura.
Setenta y ocho años después, los palestinos
siguen siendo expulsados, desplazados, arrancados de sus viviendas, bombardeados,
sometidos a hambruna, torturados y
eliminados.
Familias enteras continúan siendo obligadas
a huir de sus tierras. Sus casas siguen siendo destruidas.
Los campos de refugiados continúan llenos
de descendientes de refugiados. Los mecanismos pueden haber evolucionado, y el
lenguaje que los rodea puede haberse vuelto más sofisticado, pero la lógica
subyacente permanece intacta: el derecho que reclama un pueblo sobre la tierra
sigue imponiéndose al derecho de otro pueblo a vivir en ella.
Por eso la Nakba no puede limitarse
solamente a 1948. Ha continuado porque la
ideología que la produjo sigue viva, el sionismo.
Mi propia familia es de Huj, un pueblo
palestino cuyos habitantes fueron expulsados durante la fundación de Israel.
Como cientos de miles de palestinos, mis
abuelos fueron obligados a abandonar su hogar y se les dijo que la tierra en la
que habían vivido, cultivado y a la que pertenecían ya no era suya.
Se les dijo que era una “tierra prometida”, recuperada después de
miles de años, una narrativa política que se ha enraizado en lecturas
selectivas de la historia, la arqueología y la creencia religiosa, todas
interpretadas de maneras que siguen siendo profundamente controvertidas.
La existencia de antiguas comunidades
judías en Palestina fue transformada en una reivindicación nacionalista moderna
que podía justificar el desplazamiento
de otro pueblo, incluidos muchos palestinos cuya propia ascendencia
probablemente se remonta a través de la misma tierra a lo largo de siglos de
conversiones, imperios e identidades cambiantes.
Pero como esta narrativa se alineaba con
los intereses de los Estados poderosos, fue elevada al estatus de hecho
político. En ese momento, una historia
recibió mayor legitimidad que un pueblo vivo.
La
ideología sionista
Este es el núcleo filosófico de la Nakba.
No es simplemente ocupación militar o
desplazamiento. Es la idea de que la presencia, los derechos y la humanidad de
los palestinos pueden ser anulados por una reivindicación ideológica.
Es la creencia de que la historia de un
pueblo le otorga el derecho a dominar el presente de otro pueblo. Esa lógica no terminó en 1948. Por el contrario,
se institucionalizó.
Sobrevive en la ocupación militar de
Cisjordania, en el genocidio en Gaza, en la expansión de los asentamientos
ilegales, en la fragmentación de la tierra palestina en enclaves desconectados,
y en los sistemas legales y políticos que tratan
a los palestinos no como seres humanos iguales, sino como un problema demográfico que hay que gestionar.
Durante décadas, Israel y sus defensores
han enmarcado la resistencia palestina a esta realidad como un odio irracional
o terrorismo desvinculado del contexto histórico.
Pero las personas no resisten abstracciones.
Resisten la desposesión. Resisten la ocupación militar. Resisten ver cómo sus
hogares son demolidos, sus hijos encarcelados y sus futuros negados
sistemáticamente.
Lo que se está desarrollando en Gaza hoy no
es algo separado de la Nakba: es su expresión más extrema.
Barrios enteros han sido arrasados.
Familias han sido aniquiladas a lo largo de generaciones. La mayor parte de la
población de Gaza ha sido desplazada, muchos en repetidas ocasiones.
La infraestructura civil ha sido destruida
sistemáticamente. El hambre se ha convertido en un arma. El lenguaje utilizado
por los funcionarios israelíes a lo largo de esta ofensiva ha sido con
frecuencia abiertamente eliminacionista, reduciendo a los palestinos a obstáculos
en lugar de seres humanos.
Por eso, un número creciente de juristas,
expertos en genocidio y organizaciones de derechos humanos están utilizando la
palabra genocidio.
No porque el sufrimiento sea simplemente a
gran escala, sino porque la destrucción en sí misma se ha vuelto sistemática, explícita
y normalizada.
Y, sin embargo, gran parte del
establecimiento político y mediático occidental continúa hablando de la muerte
palestina con una cautela y abstracción extraordinarias.
La destrucción de familias enteras se
describe como “compleja”. La hambruna
de los civiles se convierte en una “preocupación
humanitaria”. Los llamados a la rendición de cuentas se diluyen con
interminables matizaciones diseñadas para preservar la comodidad política en
lugar de la verdad humana.
El resultado es una grotesca inversión de
la moralidad en la que se exige continuamente a los palestinos que justifiquen
su humanidad, mientras las estructuras que los destruyen son tratadas como
fundamentalmente legítimas.
Esta inversión se condensa a menudo en una
pregunta engañosamente simple: “¿Tiene Israel derecho a existir?”
La pregunta suena razonable, incluso
filosófica, pero funciona principalmente como una herramienta retórica.
Las personas tienen derechos. Los Estados no poseen derechos en el
mismo sentido moral que los seres humanos. No existe ningún principio en el
derecho internacional que sitúe la preservación de una estructura política por
encima de las vidas de las personas sometidas a ella.
Sin embargo, los palestinos son
repetidamente forzados a este marco, donde la conversación no comienza con su
desposesión o supervivencia, sino con afirmar la legitimidad del propio sistema
que los domina.
El efecto es desviar la atención de los
seres humanos hacia las abstracciones: banderas, fronteras, mitos nacionalistas
y narrativas estatales.
El nacionalismo en sí mismo es una
ideología relativamente moderna, una que prometió pertenencia colectiva y
seguridad, pero que repetidamente produjo exclusión, jerarquía y violencia.
En su forma más peligrosa, el nacionalismo
transforma la tierra en derecho y la historia en justificación. Divide a la
humanidad entre quienes pertenecen naturalmente y aquellos cuya existencia se
vuelve condicional.
Los palestinos han vivido bajo las
consecuencias de esta lógica durante generaciones.
Un
mundo “ciego”
La Nakba también persiste a través de los sistemas internacionales que la protegen y
sostienen. Las acciones de Israel no han ocurrido de forma aislada.
Han sido armadas, financiadas, protegidas
diplomáticamente y justificadas
políticamente por poderosos Estados occidentales que hablan constantemente
de derechos humanos y derecho internacional mientras permiten su destrucción en
Palestina.
El Reino Unido, donde vivo, ejemplifica
esta contradicción.
Los políticos británicos invocan el
lenguaje de la democracia, la legalidad y los valores universales mientras
continúan apoyando a un estado acusado ante tribunales internacionales de
cometer genocidio.
Esto no es complicidad pasiva. Es
participación activa en el mantenimiento de un orden mundial donde las vidas palestinas
siguen siendo negociables.
Hay momentos en que resulta imposible no
notar el absurdo moral de la situación. Se espera que los palestinos condenen
cada acto de violencia, se disculpen por su duelo, moderen su lenguaje y
demuestren repetidamente su humanidad ante el mundo.
Mientras tanto, la destrucción de Gaza se desarrolla en tiempo real ante una audiencia
global, pero la principal preocupación de muchos gobiernos y comentaristas
sigue siendo proteger la legitimidad y la imagen del estado que la lleva a
cabo.
La
Nakba continúa precisamente porque ha sido normalizada.
Ha sido gestionada administrativamente,
racionalizada legalmente y protegida políticamente. Ya no se percibe como una
emergencia, sino como parte del orden natural de las cosas.
Pero no
hay nada natural en la destrucción de un pueblo.
La Nakba no terminó en 1948. Continúa
porque la ideología que la produjo nunca fue desmantelada.
Simplemente se adaptó al mundo moderno,
aprendiendo a presentar la desposesión como seguridad, la dominación como
autodefensa y la muerte masiva como una desafortunada necesidad.
Para
los palestinos, la Nakba no es un recuerdo. Es el presente.
FUENTE:
TRT World




