En Argentina, entre
el 1° de enero y el 28 de febrero de 2026, se registraron 43 víctimas de
violencia de género, según el último informe del Observatorio de Femicidios en
Argentina “Adriana Marisel Zambrano”, que dirige La Casa del Encuentro. Detrás
de estas cifras hay 45 hijas e hijos que quedaron sin madre, de los cuales el
47% son menores de edad, una dimensión del daño que suele quedar invisibilizada
en el debate público.
Los datos vuelven
a confirmar un patrón persistente: el 62% de los agresores eran parejas o exparejas
y el 60% de los femicidios ocurrieron en la vivienda de la víctima o en el
hogar compartido con el agresor. Es decir, el lugar que debería ser de
resguardo continúa siendo el espacio más peligroso para las mujeres en
situación de violencia. En términos territoriales, la provincia de Buenos Aires
encabeza los casos en números absolutos, seguida por Santa Fe, Tucumán y
Mendoza, lo que evidencia que se trata de una problemática federal y
estructural.
El informe
también incorpora la variable de tentativa de femicidio, registrando 25
intentos en los primeros dos meses del año. La tentativa, contemplada en el
Código Penal Argentino, implica que el delito fue iniciado con intención de
matar, pero no se consumó por causas ajenas a la voluntad del agresor, y conlleva
sanciones penales que pueden ir de 10 a 15 años cuando el delito previsto es
punible con prisión perpetua. Visibilizar estos casos resulta fundamental: cada
intento frustrado es una vida al borde del femicidio y un sistema que llegó
tarde.
Desde el plano
jurídico, el femicidio fue incorporado en 2012 como agravante del homicidio en
el artículo 80 del Código Penal (Ley 26.791), reconociendo las muertes
violentas de mujeres por razones de género como un fenómeno específico. Sin
embargo, la existencia de la tipificación legal no alcanza si no se traduce en
políticas públicas eficaces de prevención, asistencia y protección.
Los datos
adicionales del informe son alarmantes: cinco víctimas habían realizado
denuncias previas, tres femicidas tenían medidas cautelares de prevención, tres
pertenecían o habían pertenecido a fuerzas de seguridad, cuatro víctimas
presentaban indicios de abuso sexual y una estaba embarazada. A su vez, siete
agresores se suicidaron luego del crimen, dos casos se dieron en contextos de
narcocriminalidad y se registró un trans/travesticidio. Cada uno de estos
elementos revela fallas estructurales en los mecanismos de protección y en la
capacidad estatal de intervenir antes del desenlace fatal.
En este contexto,
el gobierno de Javier Milei, lejos de fortalecer políticas de prevención y
abordaje integral, ha adoptado un discurso que relativiza y directamente niega
la violencia de género como problema estructural. Esta negación tiene
consecuencias concretas cuando se desfinancian programas, se desarticulan
políticas públicas y se vacían áreas estatales dedicadas a la atención y
protección de víctimas.
Pero la
responsabilidad no comienza ni termina en la actual gestión. Los distintos
gobiernos que se antecedieron tampoco lograron construir políticas sostenidas y
eficaces que reduzcan de manera estructural los femicidios. La diferencia es
que, en el escenario actual, la negación discursiva del fenómeno agrava la
vulnerabilidad de quienes atraviesan situaciones de violencia.
Las desigualdades
sociales —señaladas en el informe como origen de las violencias— se profundizan
en un contexto económico adverso, deteriorando las condiciones materiales de
vida y dificultando que muchas mujeres puedan salir de relaciones violentas.
Sin redes estatales sólidas, la denuncia previa, las medidas cautelares o los
pedidos de ayuda terminan siendo insuficientes frente al riesgo extremo.
La violencia de
género es una problemática de derechos humanos, no un dato estadístico ni un
hecho aislado de inseguridad. Cada femicidio deja víctimas colaterales,
familias devastadas y una sociedad que falla en proteger el derecho básico a
vivir una vida libre de violencias.
Se vuelve
imprescindible que las mujeres y las diversidades nos organicemos,
fortalezcamos nuestras redes y sostengamos la lucha colectiva en cada espacio:
en los barrios, en los trabajos, en las calles y en los lugares de estudio. La
historia demuestra que cada derecho conquistado fue producto de la organización
y no de concesiones desde arriba.




