Por Nancy Cardozo
Hay
despedidas que obligan a mirar hacia atrás. La de Lionel Messi devuelve
imágenes de goles imposibles, finales perdidas, lágrimas y abrazos. Este 6 de
octubre, Argentina lo despide frente a Benín, desde las 20, en el Monumental.
Termina un recorrido con la camiseta nacional que atravesó más de dos décadas y
varias generaciones.
La historia
comenzó lejos de los grandes estadios. Nacido en Rosario el 24 de junio de
1987, Messi dejó su ciudad a los 13 años para instalarse en Barcelona. Llevaba
un talento extraordinario y necesitaba continuar un tratamiento por un déficit
de hormona de crecimiento. Su infancia permite reconocer algo que después
quedaría detrás de la celebridad: aquel futuro campeón también atravesó
incertidumbres, mudanzas y separaciones.
Su debut en
la Selección mayor, el 17 de agosto de 2005 contra Hungría, terminó con una
expulsión apenas ingresó. Llegaba como campeón mundial juvenil; comenzaba entre
lágrimas una trayectoria que lo convertiría en el máximo referente del equipo.
Después
vinieron las finales perdidas: las Copas América de 2007, 2015 y 2016, y el
Mundial de Brasil 2014. En 2016 anunció que dejaba la Selección. El desgaste
había alcanzado incluso al futbolista capaz de resolver lo que parecía
imposible. Regresó y, años después, conquistó las Copas América de 2021 y 2024
y el Mundial de Qatar 2022.
Allí puede
leerse su resiliencia: en la capacidad de reconstruir un camino después del
dolor. Su regreso también encontró compañeros y un equipo con quienes compartir
la responsabilidad. Esa trayectoria invita a revisar una costumbre del
espectáculo deportivo: juzgar una vida entera por el resultado de una final.
Los números
dan cuenta de una carrera excepcional. Antes del encuentro de despedida, Messi
acumula 207 partidos y 125 goles con la Selección mayor, récords argentinos de
presencias y anotaciones. FIFA registra, además, 34 encuentros mundialistas, la
mayor cantidad disputada por un futbolista en la historia del torneo.
En
Barcelona convirtió 672 goles en 778 partidos oficiales. En 2012 marcó 91
tantos entre club y Selección en un año calendario. Son cifras que permiten
medir su constancia, además de su talento: sostener durante tantos años una
capacidad extraordinaria también forma parte de su legado.
La
literatura encontró otra manera de contarlo. En Messi es un perro,
escrito originalmente en 2012, Hernán Casciari compara su fascinación por la
pelota con la obstinación de Totín, el perro de su infancia, por una esponja.
La imagen nace de observar cómo Messi recibe golpes y sigue jugando. El relato
ilumina esa concentración que parece devolver el fútbol a su impulso más
elemental: perseguir la pelota, buscar el arco, continuar.
En La
valija de Lionel, Casciari mira al emigrante que conserva sus raíces. La
valija funciona como metáfora de una pertenencia que resiste la distancia.
Messi y Antonela Roccuzzo escucharon el texto después de Qatar y, según contó
el propio jugador en un mensaje, lloraron juntos.
La hinchada
también escribió su parte. Muchachos, con letra adaptada por Fernando
Romero sobre una canción de La Mosca, convirtió las derrotas y la ilusión
renovada en un canto colectivo. Su fuerza estaba en reunir al capitán, sus
compañeros y millones de personas dentro de una misma esperanza. Messi la
eligió como su canción favorita de la hinchada durante Qatar.
En la carta
con la que anunció su retiro, dejó una frase que desplaza la mirada hacia todo
el recorrido: “Les juro que siempre dejé todo”. Y explicó cómo seguirá
acompañando al equipo: “Ahora voy a ser uno más de ustedes”.
Quizás allí
encuentre su sentido esta despedida. El hombre al que un país miró durante
tantos años desde la tribuna pasa a compartir ese lugar. Quedan sus goles y sus
copas. Queda también la historia de alguien que volvió cuando parecía haberse
terminado todo, y ayudó a millones a volver a creer.
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