Por Nancy Cardozo
El presidente Javier Milei eligió la cadena nacional del 3 de septiembre para
colocar a Malvinas nuevamente en el centro de la política argentina, pero esta
vez no sólo desde la reivindicación histórica de soberanía. Petróleo, recursos
estratégicos, Fuerzas Armadas, Antártida, Estados Unidos y seguridad nacional
quedaron reunidos en un mismo discurso.
“Las Malvinas son argentinas, por historia y por
derecho”, sostuvo el mandatario, antes de anunciar las medidas contra las
compañías que participan de proyectos hidrocarburíferos sin autorización
argentina. El principal objetivo es el proyecto Sea Lion, un yacimiento
situado unos 220 kilómetros al norte del archipiélago y operado por Navitas
Petroleum y Rockhopper Exploration. Se estima sus recursos en
aproximadamente 1.700 millones de barriles de petróleo.
La respuesta anunciada incluye acelerar las
sanciones previstas por la Ley 26.659,
extenderlas a proveedores, accionistas y directivos, impedir determinadas
operaciones de esas compañías en territorio argentino y enviar al Congreso una
Ley de Defensa de la Soberanía Nacional. El proyecto también contempla la
creación de un Consejo de Seguridad Nacional y mecanismos de protección de
infraestructura crítica, aeroespacial y marítima.
Milei sumó además una decisión particularmente
significativa para la Patagonia: ampliar recursos de Defensa para avanzar en
una base naval integrada en Tierra del Fuego y fortalecer las
telecomunicaciones. En su argumentación, el Atlántico Sur dejó de aparecer
solamente asociado a Malvinas para ser presentado como un espacio estratégico
que conecta hidrocarburos, Antártida, defensa y la competencia internacional
por los recursos naturales.
Malvinas:
qué dice realmente la Constitución
En este punto, el presidente pisa sobre un
terreno jurídico mucho más sólido que el de cualquier construcción partidaria.
La Disposición Transitoria Primera de la
Constitución Nacional establece que Argentina ratifica su “legítima e
imprescriptible soberanía” sobre las Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del
Sur y sus espacios marítimos e insulares. También fija su recuperación y el
ejercicio pleno de soberanía —respetando el modo de vida de sus habitantes y de
acuerdo con el derecho internacional— como un objetivo permanente e
irrenunciable del pueblo argentino. Por
eso, el reclamo no constituye una política exclusiva de Milei, del peronismo,
del radicalismo ni de ningún gobierno particular: es una política de
Estado incorporada a la Constitución
desde 1994.
Naciones
Unidas reconoce una disputa, pero no otorgó la soberanía
Aquí aparece una precisión indispensable para
evitar exageraciones.
La Resolución 2065 de la Asamblea General de Naciones Unidas, aprobada
en 1965, reconoció la existencia de una disputa de soberanía entre Argentina y
el Reino Unido e instó a ambos gobiernos a negociar una solución pacífica
teniendo en cuenta los intereses de los habitantes de las islas. La cuestión
sigue siendo tratada por el Comité Especial de Descolonización y Malvinas
continúa en la lista de territorios no autónomos de la ONU.
Eso constituye un respaldo internacional
importante para la existencia del conflicto y para la necesidad de
negociaciones bilaterales. Pero no equivale a decir que Naciones Unidas haya
reconocido formalmente la soberanía argentina sobre las islas. Esa diferencia
es clave.
La
autodeterminación: el punto de choque con Londres
Milei fue mucho más lejos al sostener que los
isleños, al constituir —según la posición argentina— una población implantada
después de la ocupación británica de 1833, “no tienen un derecho legítimo a la
autodeterminación” y que el referéndum celebrado en las islas carece de validez
para resolver la soberanía.
Esa afirmación coincide sustancialmente con la
doctrina diplomática argentina: Buenos Aires sostiene que el principio
aplicable es el de integridad territorial, porque considera que en 1833 fue
desplazada la autoridad argentina y posteriormente asentada una población bajo
administración británica. La Resolución 2065 habla precisamente de los intereses
de los habitantes, no convierte expresamente sus deseos en el mecanismo para
resolver la controversia.
El Reino Unido sostiene exactamente lo
contrario. Londres invoca el principio de autodeterminación y el referéndum de
2013, en el que una abrumadora mayoría de los habitantes votó por mantener el
estatus de territorio británico de ultramar. Tras el discurso de Milei, las
autoridades británicas reiteraron que esa posición permanece “inquebrantable”.
Por lo tanto, no estamos ante una discusión
jurídica cerrada sino ante dos interpretaciones contrapuestas del derecho
internacional, dentro de una disputa de soberanía que la propia ONU reconoce
como pendiente.
El factor
Trump: una señal, todavía no un triunfo diplomático
Otro de los ejes más políticos del mensaje fue
Donald Trump.
Milei afirmó que existen “vientos de cambio” y
vinculó la cercanía de su Gobierno con Washington con las declaraciones del
mandatario estadounidense, quien dijo que estaba revisando la posición
histórica de Estados Unidos respecto de Malvinas.
Pero conviene separar expectativa de realidad.
Estados Unidos no anunció hasta ahora el
reconocimiento de la soberanía argentina sobre Malvinas. Trump dijo que estaba
revisando la posición estadounidense, sin precisar cuál sería el resultado de
esa revisión. Presentarlo hoy como un cambio consumado de Washington sería
adelantarse a los hechos.
En ese sentido, Milei convirtió una señal
diplomática potencial en un argumento político: para el presidente, el
acercamiento con Estados Unidos demostraría que su estrategia de alineamiento
con Washington comienza a generar dividendos geopolíticos.
Del elogio
a Thatcher a negar la autodeterminación
Quizás uno de los aspectos políticamente más
interesantes sea observar al Milei de 2026 frente al Milei de los primeros años
de gobierno.
El presidente había recibido fuertes
cuestionamientos por sus elogios a Margaret Thatcher y por adoptar inicialmente
una posición considerablemente más conciliadora con Londres. Incluso en abril
de 2025 sostuvo que aspiraba a construir una Argentina tan próspera que algún
día los habitantes de las islas terminaran prefiriendo ser argentinos, una
formulación que concedía un peso mucho mayor a la voluntad de los isleños.
Ahora dice explícitamente que la
autodeterminación no es aplicable. No es un detalle semántico. Es un giro
político y diplomático considerable. Un presidente que anteriormente
privilegiaba la diplomacia y el acercamiento con Occidente aparece ahora
dispuesto a elevar las sanciones económicas, fortalecer capacidades militares y
confrontar abiertamente con Londres.
Y detrás
del discurso aparece 2027
El propio Milei pidió en su mensaje que
Malvinas estuviera por encima de la disputa cotidiana. Convocó a oficialismo y
oposición a mostrar “un frente unido” y sostuvo que la política debe pensar en
las próximas generaciones antes que en la próxima elección.
Precisamente por eso resulta imposible no
colocar esas palabras dentro del calendario político: en 2027 Argentina elegirá
presidente y Milei se encamina hacia una eventual búsqueda de la reelección. Además, atravesada por fuertes vencimientos de deuda externa.
Malvinas posee, además, una característica
excepcional dentro de una Argentina extremadamente polarizada: es una de las
pocas causas capaces de atravesar identidades partidarias. Justamente esa
condición ofrece al presidente una oportunidad política para ocupar un terreno
de consenso nacional que excede a su núcleo libertario.
Eso no significa que todo el discurso pueda
reducirse a una maniobra electoral. Existe un hecho material nuevo y
comprobable: el avance del proyecto petrolero Sea Lion. Existe también
una disputa internacional reconocida y un mandato constitucional argentino.
Pero sería igualmente ingenuo desconocer el
momento elegido para modificar el tono.
El escenario doméstico tampoco es lineal. El
Índice de Confianza en el Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella llegó en
agosto a 2,06 puntos sobre 5, con una recuperación del 6,4% respecto de julio,
aunque después de varios meses de oscilaciones. En la economía, el INDEC
registró una inflación mensual del 2,1% en julio, mientras la desocupación
alcanzó el 7,8% en el primer trimestre de 2026. La desigualdad medida mediante
el coeficiente de Gini pasó de 0,435 en el primer trimestre de 2025 a 0,442 en
igual período de 2026.
Es decir, Milei llegará al año electoral
intentando convertir la estabilización macroeconómica que reivindica su
Gobierno en mejora tangible para la vida cotidiana, mientras la oposición busca
reconstruir una alternativa competitiva. En ese terreno, instalar una agenda de
soberanía, defensa y recursos estratégicos permite al oficialismo hablar desde
un registro distinto al del ajuste, la inflación o los ingresos.
Patagonia
en el centro del tablero
Para el sur argentino, la discusión tiene
todavía otra dimensión.
Cuando Milei vincula Malvinas, Tierra del
Fuego, petróleo, Atlántico Sur, Antártida y recursos necesarios para la era de
la Inteligencia Artificial, está colocando a la Patagonia en el corazón de una
nueva concepción geopolítica. En su discurso sostuvo que la competencia global
futura estará marcada por la disputa de recursos estratégicos y que quien posea
mayor proyección sobre el Atlántico Sur estará en mejores condiciones de
defender sus intereses.
Ese concepto merece ser seguido con atención
desde nuestra región. Porque detrás de la palabra soberanía hay decisiones muy
concretas: quién explota los recursos, dónde se procesa la riqueza, qué papel
desempeñan las provincias patagónicas, quién controla las rutas marítimas y qué
presencia efectiva mantiene la Argentina en el territorio austral.
Ahí está quizás la discusión de fondo.
Una causa
nacional y un cuestionamiento política
La reivindicación argentina sobre Malvinas no
nació con Milei ni terminará con su gobierno. Está incorporada a la
Constitución, tiene más de seis décadas de antecedentes específicos en Naciones
Unidas y forma parte de una política de Estado que atraviesa gobiernos de
distinto signo.
Lo novedoso es que Milei decidió apropiarse
con mucha mayor intensidad de ese lenguaje soberanista, incluso corrigiendo
posiciones que había sostenido previamente.
Puede haber allí convicción geopolítica,
reacción frente al avance petrolero y, simultáneamente, cálculo político. Una
cosa no excluye necesariamente a la otra.
De cara a 2027, la pregunta será entonces si
estamos frente a una nueva política permanente de Estado para el Atlántico Sur
o ante una recalibración discursiva de un gobierno que entendió que existe una
palabra capaz de atravesar incluso las fronteras de la grieta argentina.
Esa palabra es Malvinas.
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