Por Nancy Cardozo
Más
de 250 mil personas participaron aquel 28 de agosto de 1963 de la
Marcha sobre Washington por el Trabajo y la Libertad. Frente al
Lincoln Memorial, Martin Luther King puso palabras a una
contradicción profunda: un país podía proclamar
constitucionalmente la igualdad y, al mismo tiempo, permitir que una
parte de su población viviera segregada y discriminada.
“I Have a Dream” fue mucho más que un discurso contra el racismo. King habló de libertad, igualdad, justicia económica, convivencia y derechos. Y utilizó una metáfora extraordinariamente política: Estados Unidos había entregado a la población afroamericana una especie de “cheque” que prometía derechos y ciudadanía, pero que al momento de hacerlo efectivo regresaba sin fondos. La democracia había realizado una promesa que todavía no cumplía.
El sueño y nuestra propia realidad
La pregunta, seis décadas después y desde la Argentina, podría formularse de manera similar: ¿alcanza con que los derechos estén escritos si las condiciones materiales impiden ejercerlos?
Los últimos datos oficiales disponibles muestran que el 28,2% de las personas se encontraba bajo la línea de pobreza durante el segundo semestre de 2025, mientras que el 6,3% estaba bajo la línea de indigencia. Son alrededor de 8,5 millones de personas pobres dentro de los 31 aglomerados urbanos relevados por el INDEC.
Pero existe otra dimensión que acerca todavía más la reflexión de King a nuestro presente: la desigualdad. En el primer trimestre de 2026, el coeficiente de Gini argentino (indicador que mide la desigualdad) llegó a 0,442, frente a 0,435 un año antes. Los hogares de mayores recursos tuvieron ingresos aproximadamente 15 veces superiores a los de menores recursos. Es decir que, la pobreza puede retroceder mientras la brecha entre los que más y los que menos tienen continúa creciendo.
Patagonia: riqueza en el suelo, desigualdad sobre él
Y allí aparece nuestra Patagonia. Habitamos una región productora de petróleo, gas, pesca, energía y minerales; un territorio estratégico que vuelve a ocupar el centro de las discusiones económicas nacionales. Sin embargo, esa riqueza no elimina las enormes diferencias entre quienes habitan el mismo suelo.
Los datos de distribución del ingreso permiten dimensionarlo: en la Patagonia, el 10% de mayores ingresos concentraba el 30,4% del ingreso total, mientras el 10% de menores recursos recibía apenas el 1,8%.
Aquí resulta especialmente pertinente Rodolfo Kusch, uno de los pensadores argentinos que intentó construir una filosofía desde América y desde aquellos sujetos históricamente desplazados del pensamiento dominante. Para Kusch, detrás de toda cultura existe un “suelo”: no simplemente como territorio físico, sino como lugar desde el cual una comunidad habita, piensa y construye su existencia.
Esa idea adquiere una enorme potencia política en la Patagonia: ¿qué significa pertenecer a un territorio extraordinariamente rico si quienes lo habitan no participan de esa riqueza en condiciones de igualdad?
King soñaba con una sociedad donde una persona no fuera juzgada por el color de su piel. Kusch nos obliga, desde nuestro propio pensamiento nacional y latinoamericano, a mirar también a quienes históricamente fueron invisibilizados por una Argentina construida muchas veces desde el centro hacia las periferias.
El derecho a seguir soñando
“I Have a Dream” conserva su fuerza porque King no hablaba de un sueño ingenuo. Hablaba de transformar una promesa democrática en una realidad material.
Sesenta y tres años después, la pregunta atraviesa también a la Argentina: qué significa hablar de libertad cuando existen profundas desigualdades económicas; qué significa igualdad cuando el lugar donde se nace todavía condiciona las oportunidades; y qué significa desarrollo cuando territorios que generan enormes riquezas continúan reclamando infraestructura, trabajo, vivienda y servicios.
Quizás allí se encuentren King y Kusch.
Uno soñó con que la libertad pudiera escucharse desde cada montaña de su país. El otro nos recordó que habitar un lugar implica no poder ser indiferentes frente a lo que allí ocurre.
Desde el sur, entonces, acaso nuestro sueño pendiente sea más concreto: que la riqueza del territorio se transforme también en dignidad para quienes lo habitan. Porque una democracia no se mide solamente por los derechos que proclama, sino por cuántos de esos derechos llegan efectivamente a la vida cotidiana de su pueblo.
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