Por
Kazim Alam, Marwan Athamneh
Ahmad Salhab, de 56 años, justo había
acabado su oración matutina en el primer día de Ramadán –el mes bendito para
los musulmanes–, la semana pasada, cuando escuchó el leve zumbido de unos
vehículos que se aproximaban.
El lejano rumor se fue convirtiendo poco a
poco en un estruendo cuando tres excavadoras aparecieron ante la puerta de su
hogar, ubicado en un tranquilo barrio de la ciudad de Hebrón, en el sur Cisjordania
ocupada.
Operadas por autoridades israelíes, estas
grandes máquinas habían llegado a su casa con una misión: demoler la estructura
de tres plantas con 10 apartamentos en la que vivían Salhab y más de 40
familiares.
“A
las 6 de la mañana… comenzaron directamente con las demoliciones sin darnos la
oportunidad de recoger ninguna de nuestras pertenencias ni muebles” relata a TRT World.
Las autoridades israelíes no les
concedieron días, ni siquiera horas, antes de iniciar la demolición de una casa
que construyó el padre de Salhab en 1965, dos años antes de que Israel ocupara
Cisjordania.
Se negaron a escucharle o a concederle
siquiera unas horas para evacuar el edificio.
“En
cambio, nos atacaron y nos golpearon a todos, jóvenes y mayores”, afirma.
Los expertos señalan que lo ocurrido a la
familia de Salhab augura una campaña de desplazamiento a mayor escala tras los
recientes cambios legales que buscan despojar a los palestinos de sus tierras
ancestrales en Cisjordania ocupada.
Como parte del proyecto israelí a largo
plazo para apropiarse del territorio, que los críticos condenan como limpieza
étnica, Tel Aviv ha anunciado que empezará a registrar las tierras en
Cisjordania ocupada por primera vez desde 1967, cuando Israel capturó toda la
Palestina histórica, así como territorios adicionales de Egipto y Siria.
Con la nueva ley, Tel Aviv podrá
reclasificar las propiedades palestinas “no documentadas” como “tierras
estatales” disponibles para la expansión de los colonos.
La medida apunta a vastas extensiones de
tierra en la Zona C, que constituye más del 60% de Cisjordania ocupada, donde
Israel ya ejerce un control extenso sobre la seguridad, la planificación y la
zonificación.
Alrededor del 58% de la Zona C es
actualmente tierra no registrada
La nueva política incluye la cancelación de
una ley jordana que prohíbe la venta de tierras a israelíes, así como la
ampliación de la supervisión israelí hacia las Zonas A y B, donde la Autoridad
Palestina ejerce un poder de gobernanza limitado en virtud de los Acuerdos de
Oslo.
Los palestinos consideran que la llamada
reforma administrativa es otro instrumento más para acelerar el ritmo de la
apropiación de tierras, que se encuentra en pleno apogeo bajo otros pretextos.
Justamente, la ley perjudicará
sistemáticamente a los palestinos, muchos de los cuales dependen de la herencia
consuetudinaria y de los registros parciales de las épocas otomana, del Mandato
Británico y jordana, según señalan los expertos.

(Vista de la casa demolida de Ahmad Salhab en Hebrón, Cisjordania ocupada. Foto: TRT World / Marwan Athamneh.)
Nasir Qadri, especialista en derecho
internacional e investigador de crítica jurídica de la Universidad Koç de
Estambul, explica a TRT World que los cambios planteados redefinirán lo que
constituye la titularidad de tierras legalmente reconocible.
La imposición de requisitos probatorios más
estrictos transforma los derechos heredados en reclamaciones frágiles que
pueden ser anuladas administrativamente, advierte.
En virtud de los Reglamentos de La Haya de
1907, una potencia ocupante como Israel debe actuar bajo la figura de administrador
temporal y no soberano, que reestructura el régimen de propiedad.
“Cuando los herederos no pueden satisfacer
los elevados estándares de prueba o navegar por complejos procedimientos de
consolidación, las tierras que durante largo tiempo se han tratado como
propiedad familiar pueden ser reclasificadas, designadas como tierras estatales
o absorbidas por la expansión de los asentamientos”, destaca.
Suhad Bishara, directora jurídica de
Adalah, una organización independiente de derechos humanos con sede en Israel,
coincide con esta perspectiva
“La apertura de los registros de tierras no
tiene que ver principalmente con la ‘coerción’ individual para vender. Es un
mecanismo estructural de despojo," declara a TRT World.
Explica que el proceso impone “estándares
probatorios que son prácticamente imposibles de cumplir para los palestinos”, y
que resulta inaccesible para los refugiados o los residentes de Gaza.
Si los propietarios no logran registrarse
con la documentación requerida o no pueden acceder físicamente a los registros
administrados por Israel, sus terrenos pasarán automáticamente a ser “tierras
estatales” israelíes, afirma.
Bishara señala que la medida viola el
Artículo 46 de los Reglamentos de La Haya, que prohíbe la confiscación de
propiedad privada, y puede constituir un crimen de guerra en virtud del
Estatuto de Roma, el tratado que estableció la Corte Penal Internacional (CPI).
En virtud del Estatuto de Roma, la CPI
puede investigar y procesar los cuatro crímenes internacionales fundamentales
—genocidio, crímenes de lesa humanidad, crímenes de guerra y el crimen de
agresión— en situaciones en las que los Estados no puedan o no estén dispuestos
a hacerlo por sí mismos.
Amenaza
para la agricultura palestina
Ahora bien, Bishara advierte que el inicio
de la titulación de tierras amenaza directamente a la agricultura palestina.
Es probable que gran parte de las parcelas
de cultivo y los pastizales de Cisjordania ocupada sean reclasificados como
“tierras estatales”, lo que dará lugar a más asentamientos israelíes. Esto
privará a los agricultores palestinos del acceso a sus tierras, ya que
demostrar la propiedad es “extremadamente difícil”, afirma.
Y esta fragmentación dificultará que los
agricultores lleguen a sus campos o a los mercados, agravando las ya precarias
condiciones económicas de los palestinos que viven bajo la ocupación.
Por ejemplo, la familia de Salhab se aferra
actualmente a 200 dunams (unas 50 acres) de olivares cerca de su casa demolida.
Pero él teme perder 70 dunams (17 acres) debido a la proximidad al asentamiento
de Beit Hagai, construido ilegalmente por Israel en la década de 1980.
“Como estamos en la Zona C, temo que Israel
tome el control y que eventualmente se convierta en parte del asentamiento.
Probablemente lo perderemos para siempre”, comenta Salhab.
Yair Dvir, portavoz de B'Tselem, el Centro
de Información Israelí para los Derechos Humanos en los Territorios Ocupados,
enmarca los cambios legales como parte de una política deliberada para la
expulsión forzada de los palestinos de sus tierras ancestrales.
“Las recientes decisiones del gabinete
están diseñadas para fomentar la limpieza étnica en Cisjordania (ocupada)”,
señala Dvir a TRT World.
En la Zona C, el sistemático proceso
israelí de registro de tierras impondrá obstáculos burocráticos deliberados en
el camino de los palestinos que intenten demostrar la propiedad de sus tierras,
afirma.
Dvir también apunta a los riesgos de
coacción en las Zonas A y B, donde ahora se permitirán las compras privadas
israelíes a palestinos.
“Las experiencias pasadas demuestran que
tales transacciones suelen ir acompañadas de coacción, presión y fraude”,
afirma, augurando una fuerte presencia militar y un desplazamiento gradual una
vez que los colonos se infiltren en las localidades palestinas.
Estos cambios legales también otorgan a las
autoridades israelíes herramientas de control más agresivas.
Qadri señala que si bien herramientas como
las órdenes de paralización de obras, las demoliciones y las multas no son
nuevas, su integración en un registro centralizado amplifica su impacto.
“Cuando las competencias urbanísticas se
ejercen de manera que sistemáticamente niega permisos a la población protegida
mientras facilita la expansión de los asentamientos, la implementación de la
ley deja de funcionar como una regulación neutral”, afirma.
En ciudades densamente pobladas como Hebrón
y Nablus, la transferencia de la autoridad para conceder permisos de construcción
a la Administración Civil israelí acelerará el ritmo de las demoliciones, dice
Dvir.
Esto socava el marco de Oslo, otorgando a
Israel más medios para extender las políticas existentes de confiscación de
tierras y demolición de estructuras palestinas, bajo pretextos como la
arqueología o la protección medioambiental, señala.
Sin
tiempo para recoger objetos de valor
La experiencia de Salhab ilustra la
brutalidad de las acciones de Tel Aviv. Las fuerzas israelíes demolieron su
casa, a pesar de que había un recurso pendiente ante la Corte Suprema.
Salhab, nacido y criado en la casa que
construyó su padre, no perdió solo una vivienda sino toda una vida de
recuerdos.
“Tengo muchos recuerdos. En realidad, todos
mis recuerdos están en esta casa. Me casé allí y mis hijos nacieron allí”,
comparte.
Ahora desplazado a los campos familiares y
viviendo en tiendas de la Cruz Roja, su familia no pudo salvar ni siquiera
joyas ni dinero en efectivo.
“La operación de demolición fue tan rápida
que ni siquiera tuvimos la oportunidad de recoger ningún objeto de valor”,
afirma Salhab.
Las acciones de Israel violan la Resolución
2334 del Consejo de Seguridad de la ONU, que declara ilegales los
asentamientos.
Con 770.000 colonos ilegales en Cisjordania
y Jerusalén Este ocupadas, y confiscaciones de 58.000 dunams a finales de 2025,
el ritmo de la apropiación de tierras se ha intensificado desde que comenzó la
ofensiva genocida contra Gaza en octubre de 2023.
Sin embargo, la respuesta internacional ha
seguido siendo insuficiente.
Qadri afirma que los mecanismos de derechos
humanos a menudo se convierten en “instrumentos de narración a posteriori en
lugar de protección” cuando se trata de hacer frente a Israel.
Abogando por un “derecho internacional
desde abajo” arraigado en las realidades de los oprimidos, insiste en la
responsabilidad estructural por el genocidio, la ocupación y la explotación.
Para Salhab, hay pocas esperanzas de
recuperar alguna vez sus tierras ancestrales.
“Los
israelíes son ocupantes,” dice. “No les importan ni las vidas ni las
propiedades.”
FUENTE:TRT World




