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Ciencia: De Alaska a la Patagonia: estudio con participación del CONICET

24/07/2026 | 274 visitas
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Un estudio refuerza la hipótesis de que los primeros pobladores americanos eran cazadores especializados de grandes mamíferos, basado en evidencia arqueológica procedente de 50 sitios distribuidos por todo el continente.


El trabajo muestra que las poblaciones tempranas centraban su dieta principalmente en herbívoros de miles de kilos, lo que fortalece la idea sobre su importante rol en la extinción de la megafauna.

Entre 13.500 y 11.700 años atrás, las poblaciones humanas de América comenzaron un proceso de rápida y extensa expansión hacia diversos ecosistemas del continente. Uno de los grandes debates vigentes en el campo de la arqueología se da en torno a las estrategias adaptativas de aquellos grupos tempranos: para algunos, eran generalistas en su dieta, es decir que comían diversas especies que cazaban o recogían al paso, mientras que otros sostienen que se trataba de cazadores especializados, específicamente de grandes mamíferos de miles de kilos. Gracias a evidencia arqueológica proveniente de 50 sitios distribuidos desde Alaska a la Patagonia, un estudio científico del que participaron expertos del CONICET, la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y la Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN), publicado en la revista Sciences Advances, suma argumentos en favor de la idea de una estrategia de caza especializada centrada en megafauna.

“Aquí en Sudamérica se asumía casi naturalmente que la megafauna había sido poco importante en la economía de los pobladores tempranos. En trabajos anteriores, observamos que la subestimación de su relevancia estaba equivocada: para los grupos humanos del final del Pleistoceno, estos grandes animales no fueron un recurso marginal, sino el pilar de su dieta y de su estrategia de subsistencia”, apunta Luciano Prates, investigador del CONICET en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata (FCNyM, UNLP).


Luciano Prates. Foto: gentileza investigador.

En referencia a publicaciones en las que el equipo pudo determinar, por un lado, la fuerte correlación temporal y espacial entre el comienzo del colapso de la megafauna, iniciado hace 12.900 años, y la aparición de unas puntas de lanza, llamadas “puntas cola de pescado”, una tecnología utilizada para cazar a estos mamíferos; y, por otro, el ranking de presas preferidas a nivel sudamericano de acuerdo al mayor retorno energético que ofrecían: perezosos gigantes, caballos y mastodontes.


Los grupos tempranos iban ocupando distintos lugares del continente con un perfil de presa particular para la que estaban preparados económica y tecnológicamente. Foto: gentileza investigadores y Megafauna 3D Project.

“En paralelo a este debate sobre cuán importante era la megafauna para la economía de estos grupos tempranos, estaba el otro debate acerca de si eran generalistas oportunistas, o especializados. En el primer caso, hablamos de individuos avanzando por el territorio y nutriéndose en un sentido amplio: si tienen que cazar, cazan; si tienen que pescar, pescan; si hay vegetales, comen vegetales. Se adaptan a lo que van encontrando. Una caza especializada, particularmente en grandes mamíferos de miles de kilos, es un enfoque completamente distinto”, apunta el experto, quien afirma que esto no implica que no aprovecharan otros recursos, pero sí una importancia desproporcionada en favor de grandes presas.

Para contribuir a saldar la controversia, junto a profesionales de la Universidad de Alaska, Estados Unidos, el equipo platense analizó información arqueológica proveniente de 50 sitios distribuidos de norte a sur de América, desde la región de Beringia oriental, cercana a Alaska y el territorio del Yukón, que sirvió como puente entre nuestro continente y Asia antes de ser cubierta por el agua, hasta la Patagonia. El objetivo fue determinar si los grupos que ocuparon de forma temprana esos territorios eran generalistas o especializados, e identificar cuáles eran los animales en los que se basaba principalmente su dieta. “Una forma tradicional para hacerlo es, sencillamente, contar la cantidad de individuos que encontrás de cada especie. La dificultad de ese enfoque es que pone en pie de igualdad a un mastodonte o un megaterio con una mulita o un tucu-tucu”, grafica Ivan Perez, investigador del CONICET en la FCNyM y autor del trabajo, y prosigue: “Además de que no es lo mismo cazar un megaterio que un tucu-tucu, el aporte a la dieta de uno y otro es significativamente distinto”.


Ivan Perez. Foto: gentileza investigador.

El equipo -del que también participó Gustavo Politis, investigador del CONICET en el Instituto de Investigaciones Arqueológicas y Paleontológicas del Cuaternario Pampeano (INCUAPA, CONICET-UNICEN)– utilizó una estimación basada en el aporte de biomasa y energía de cada especie, es decir, cuánto alimento y cuántas calorías podía proveer cada presa: “Cuántos tucu-tucu harían falta para igualar la energía que aporta un megaterio”, grafica Perez.Luego, se cruzó esa información con los restos presentes en los sitios arqueológicos. Ese cambio metodológico permitió observar una diferencia clave: aunque en los sitios aparecen muchos restos de animales pequeños y otros recursos, los grandes herbívoros concentraban la mayor parte del aporte energético potencial de la dieta, representando entre el 83 y el 90 por ciento de la contribución estimada. “El impacto de la megafauna en la dieta de las poblaciones humanas del pasado es, por mucho, lo más significativo”, destaca Prates.

Los científicos vinculan esta estrategia de caza y alimento con la expansión de los primeros grupos: no eran individuos que iban caminando aleatoriamente por el espacio aprovechando lo que había a su paso, sino que se expandieron en áreas con mayor disponibilidad de estas presas. “Claro que, si en el camino se cruzaban con una mulita, la comían, pero la evidencia dice que eran especializados en la dieta, particularmente en megafauna. Sin embargo, eran generalistas en el espacio. Ellos iban ocupando distintos lugares del continente con un perfil de presa particular para la que estaban preparados económica y tecnológicamente”, subrayan. “Un dato importante que encontramos tiene que ver con la dimensión espacial: encontramos evidencia, en cuanto a materias primas y las puntas de lanza que usaban, de que cubrían distancias de hasta 600 kilómetros. Esto es muy singular, si pensamos que eran grupos que andaban a pie, no tenían caballos u otros animales que les sirvieran de medio de transporte”, agrega Perez.

Los animales explotados variaban según la región: en Beringia, el mamut lanudo; en América del Norte, el mamut de Columbia – dos especies muy emparentadas con los elefantes actuales–; y en América del Sur, los perezosos terrestres gigantes y gonfoterios –Notiomastodon y Cuvieronius, más distantes, pero también relacionados con los elefantes del presente– fueron las presas predilectas de los grupos tempranos. Más atrás en las preferencias aparecen caballos y camélidos. “Son todos animales grandes, pesados, de más de 44 kilos hasta cientos o miles de kilos, que ofrecían un retorno importante en kilocalorías. Muchos de ellos, muy lentos”, destacan los autores.

Para una futura etapa, quedarán por resolver nuevos interrogantes que se abrieron tras el reciente estudio. ¿Por qué Sudamérica muestra una diversidad de presas mayor que Norteamérica durante el período analizado? “En el norte se da un fenómeno más homogéneo, en contraposición a lo ocurrido en América del Sur”, resalta Prates. Comprender esas diferencias permitirá seguir reconstruyendo cómo las primeras poblaciones humanas se relacionaron con los ecosistemas americanos y cómo lograron expandirse por un continente completamente desconocido.


Las presas preferidas eran los mamuts, en el norte, y los perezosos y gonfoterios, parientes lejanos de los elefantes, en Sudamérica. Foto: gentileza investigadores y Megafauna 3D Project.

Fuente: CONICET


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