EE.UU. financia la destrucción de Gaza, encarcela migrantes indocumentados y blanquea su imagen con el Mundial FIFA 2026. Mientras sus estadios se preparan para los juegos, en el enclave palestino las canchas se convirtieron en cráteres de metralla.
Por Leyla Hamed de TRT ESPAÑOL.
La fiesta
futbolera, llena de banderas, gritos de gol, y camisetas de diversas
selecciones que promete ser el Mundial de la FIFA 2026 contrasta radicalmente
con la realidad que sufre Gaza. Mientras Estados Unidos, anfitrión principal
del evento, organiza los detalles también financia
la ofensiva israelí, que ya ha matado a más de 72.300 palestinos y ha
dejado cerca de 172.200 heridos, según autoridades locales.
A esto se suma la
guerra que lanzaron Washington y Tel Aviv en contra de Irán a finales de
febrero de 2026. Teherán respondió lanzando drones y misiles contra Israel,
Iraq, Jordania y países del Golfo con bases estadounidenses, en una escalada
que ha ganado peso en la agenda internacional y genera dudas sobre la
participación iraní en la Copa del Mundo.
Aunque el Mundial
proyecta una imagen de apertura y -asegura ser, en palabras del presidente de
la FIFA, Gianni Infantino, “una
celebración global de conexión, unidad y pasión”, en la que “los sueños se
hacen realidad” desde cada rincón del mundo-, lo cierto es que también
sirve como cortina de humo para ocultar
una catástrofe humanitaria y un genocidio en curso en Gaza, además de la
agresión a Irán.

(Imagen aérea muestra destrucción en barrio residencial tras retirada israelí en Ciudad de Gaza, el 25 de octubre de 2025)
Críticas feroces a Qatar, pero ¿silencio ante
EE.UU.?
Hace cuatro años,
cuando Qatar fue sede del Mundial, se desató una campaña global de linchamiento mediático occidental que puso
bajo la lupa, entre otros, las condiciones laborales de los trabajadores
migrantes y la supuesta falta de libertades civiles. Pero esa “moralidad” y
“preocupación” parece haberse desvanecido ahora que Washington organizará el
torneo.
La mayoría de las
críticas a Qatar estaban teñidas de un orientalismo disfrazado, justamente, de
valores morales. Y el mensaje que había detrás era claro: el fútbol no debía celebrarse en un país que no se alineara con los
valores “occidentales”. Lo que contrasta con el silencio extendido respecto
a que el ahora anfitrión, Estados
Unidos, ha sido un firme
patrocinador militar y diplomático de Israel. El mismo estado que comete,
ante los ojos del mundo, un genocidio en Gaza.
Desde 1948,
cuando se “fundó” el estado israelí, Washington ha proporcionado a Tel Aviv más
de 130.000 millones de dólares en
asistencia bilateral. Y este apoyo incondicional de EE.UU. a la política
exterior israelí se refleja también dentro de sus propias fronteras, a través
de la represión de protestas propalestinas. Desde arrestos arbitrarios hasta un
uso excesivo de la fuerza y amenazas de deportación.
Sin embargo, a
semanas de que empiece “la fiesta futbolera” no hay portadas escandalosas, ni
campañas de boicot, ni grandes debates éticos. Porque si el Mundial se celebra
“en casa”, en el corazón del imperio, las reglas cambian.
Irán
Durante la
reciente Copa Mundial de Clubes en 2025, Infantino, junto a toda la delegación
de la Juventus, se puso de pie detrás de Trump mientras este ofrecía una rueda
de prensa en la Casa Blanca. En ese escenario, Trump no dudó en hablar
abiertamente sobre la posibilidad de
atacar Irán y en alabar los crímenes del primer ministro israelí, Benjamín
Netanyahu en Gaza, mientras los representantes del fútbol global y de uno
de los clubes más históricos de Europa permanecían en silencio, sirviendo como simple decorado para el discurso de la
supremacía y la violencia.
Luego, esa
amenaza se materializó. El 28 de febrero de 2026, Israel y Estados Unidos
lanzaron una guerra contra Irán, en la que murió el líder Supremo Alí Jamenei.
En medio de la escalada, Infantino había trasladado que Irán sería bienvenido
en el Mundial, pero el propio Trump rompió ese mensaje al afirmar que, aunque
podían participar, no era apropiado que lo hicieran “por su propia vida y seguridad”. Más que una garantía, era una
advertencia.
En respuesta, el
ministro de Deportes de Irán señaló que, dado que Estados Unidos había
asesinado a su líder, “bajo ninguna
circunstancia podrían participar en la Copa del Mundo”. La FIFA no
respondió. “Irán jugará el Mundial”, reiteró Infantino, sin cambios de sede ni
garantías públicas, pese a que el país anfitrión está implicado en el
conflicto.
Mientras tanto,
en su partido internacional contra Nigeria a finales de marzo, la selección
iraní salió al campo con mochilas escolares y brazaletes negros en homenaje a
las más de 165 niñas asesinadas en el
bombardeo de una escuela en Minab durante el primer día de la guerra. Un
gesto que expone el contraste: entre un fútbol utilizado como escaparate del
poder y otro que aún intenta sostener la memoria y la dignidad.

(Jugadores iraníes entran con mochilas y brazaletes negros en homenaje a niñas muertas en ataque a escuela en Minab.)
La FIFA, ¿cómplice institucional?
Esa misma FIFA
que se golpeaba el pecho por la “defensa de los derechos humanos” en
Qatar, ahora guarda silencio ante la represión a migrantes indocumentados en
Estados Unidos, las bombas que caen sobre Gaza y la instrumentalización
política del fútbol como herramienta de distracción y lavado de imagen.
La FIFA
promociona este Mundial como “el más inclusivo de la historia”,
pero hace poco, agentes de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP)
y del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) patrullaron los
accesos a los estadios durante la Copa Mundial de Clubes en EE. UU. Lo que
generó inquietud en la comunidad migrante por los operativos realizados meses
atrás en ciudades como Miami, Nueva York y Chicago, donde viven miles de
familias migrantes, creando un clima de miedo y exclusión.
Según el medio
Newsweek, la presencia de ICE y CBP llevó a los asistentes a los partidos a
portar pruebas de estatus legal. El resultado fue un ambiente en el que muchos aficionados
temían asistir, pese a las garantías de seguridad. Para ellos, la gran promesa
de un evento global chocaba con el miedo a ser detenidos. Human Rights Watch
incluso documentó redadas migratorias dentro de instalaciones deportivas, como
el Dodger Stadium.
Así que mientras
la FIFA presume de “diversidad”, el país anfitrión sigue construyendo muros, deportando familias y criminalizando a quienes
cruzan la frontera sur de manera irregular.

(Agentes federales detienen a un manifestante en protesta en almacén de ICE en Salt Lake City, Utah, EE.UU., 18 de marzo de 2026)
Dobles estándares
El propio
presidente de la FIFA no ha dudado en declarar que “la relación con Trump es
crucial para el éxito del Mundial”, mostrando sin pudor la simbiosis entre el
fútbol y el poder político estadounidense. El organismo, que presume de
neutralidad política, elige instalarse precisamente en el símbolo más evidente
de los dobles estándares occidentales, sobre todo cuando destacó que la FIFA
está a disposición para frenar la guerra entre Rusia y Ucrania, pero guarda silencio
sobre la matanza en Gaza.
“Si hay un
pequeño papel que el fútbol pueda desempeñar, una vez que haya paz, entonces,
por supuesto, que haremos nuestro papel, y esperamos que todos los países del
mundo puedan jugar al fútbol”, declaró el Infantino respecto al conflicto
Rusia-Ucrania.

¿Dónde están las voces del fútbol?
Durante el Mundial
de Qatar, la selección alemana posó en su debut con la mano tapándose la boca,
protestando por la censura de la FIFA y convirtiendo aquel gesto en un símbolo
global de la defensa de la libertad de expresión en el fútbol. Hoy, los dobles
raseros son evidentes.
Mientras Israel
comete crímenes de guerra a diario en Gaza ante la mirada impasible de
Occidente, no hay selecciones protestando, no hay brazaletes con la bandera de
Palestina, no hay comunicados de indignación ni gestos solidarios, solo un silencio
cada vez más ensordecedor.
De hecho, en
Occidente, a nivel doméstico, sucede algo similar. Algunos futbolistas, como
Mesut Ozil y Mohamed Elneny —ambos en su momento jugadores del Arsenal— han
sido atacados y presionados por expresar públicamente su solidaridad con
Palestina, enfrentándose tanto a la presión mediática como a advertencias
internas del club.
(Vehículos israelíes pasan junto a destrucción en Gaza desde la frontera Israel-Gaza, sur de Israel, 21 ene 2026)
Más
recientemente, Jackson Irvine, capitán del St. Pauli y de la selección
australiana, encabezó un gesto solidario: tras el partido contra Palestina, en
la clasificación al Mundial 2026, donó parte de su salario a causas
humanitarias en Gaza. La contribución fue igualada por Football Australia, la
federación nacional de fútbol, y canalizada a través del Footballers’ Trust, el
fondo benéfico gestionado por el sindicato australiano de futbolistas
profesionales (PFA), en colaboración con Oxfam.
Irvine también
vistió públicamente una camiseta del FC Palestina durante un festival como
símbolo de apoyo, un acto que le valió acoso, amenazas y presiones desde entornos
institucionales para moderar su discurso. Pese a ello, mantuvo su postura
firme: “La muerte de civiles es una tragedia en cualquier conflicto”.
A pesar de estos
casos visibles, la mayoría del mundo del fútbol sigue educada en el silencio
rentable: levantar la voz, incomodar o tomar postura puede significar perder
contratos, arriesgar la carrera y, en ocasiones, la propia seguridad. Así, la
autocensura se convierte en norma y la lealtad al negocio pesa más que la
empatía o la justicia.
Quizás la pregunta
más incómoda de todas no sea qué hará la FIFA, ni qué dirán las estrellas del
Mundial, sino qué haremos nosotros, los aficionados y los ciudadanos, frente a
esta gran farsa global. ¿Seguiremos celebrando goles mientras se bombardean
hospitales? ¿Nos emocionaremos con cada penal mientras Israel condena a Gaza a
morir de hambre?
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