Una comparación
que no busca desmerecer la tarea en fábricas, pero que deja en evidencia una
distorsión: mientras en tierra se cumplen jornadas delimitadas, el personal
embarcado trabaja bajo un régimen de 24 horas los siete días de la semana
durante toda la marea.
A esta
desigualdad se suma una problemática aún más delicada: los tiempos de pago. En
numerosos casos, los haberes derivados de las mareas no se abonan dentro de los
plazos establecidos por convenio. La situación se agrava especialmente entre
los trabajadores “relevos”, que representan cerca del 70% de la dotación en la
flota.
Bajo esta
modalidad, muchos tripulantes cobran recién después de formalizar su
desvinculación, en algunos casos hasta 30 días posteriores al fin de la
relación laboral. Un mecanismo que contradice los plazos habituales, donde los
pagos deberían efectivizarse dentro de las 72 horas.
La pesca sigue
siendo una actividad estratégica para la economía argentina, pero su
sostenibilidad no puede medirse únicamente en toneladas capturadas o divisas
generadas. El verdadero equilibrio del sector depende de garantizar condiciones
dignas para quienes sostienen la actividad en el mar.
El trabajador
embarcado —que pasa semanas en el mar, en condiciones exigentes— ve cómo su
esfuerzo pierde valor frente a la economía cotidiana. El impacto no es solo
individual. La pesca es una actividad intensiva en empleo, con fuerte presencia
en ciudades como Mar del Plata, Puerto Madryn o Deseado. En algunos segmentos,
como el variado costero, concentra hasta el 20% del empleo embarcado del país ,
lo que amplifica cualquier deterioro salarial en el tejido social de estas
comunidades.
La pesca puede
mostrar buenos números en toneladas o exportaciones, el verdadero termómetro
del sector está en quienes sostienen la producción día a día. Y hoy, ese
termómetro marca una señal de alerta: los trabajadores no pueden seguir siendo la
variable de ajuste en una cadena que depende, en primer lugar, de su esfuerzo.




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